El paso del tiempo

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1161 palabras - 7 min. de lectura

La tarde estaba algo fría y lluviosa. La lluvia siempre me ha puesto melancólico. Desde que me jubilé todo ha cambiado por completo. Es una lástima que haya tenido que transcurrir tanto tiempo para darme cuenta de lo equivocado que he estado siempre respecto a lo que debía o no debía hacer con mi vida.

-¡Hola abuelo! –Vaya esa es la voz de mi nieto Karlo.

-¡Hola Karlo! ¿Qué tal te ha ido hoy en el «cole»?

-Muy bien abuelo, ha venido un «profe» nuevo y nos ha mandado hacer un trabajo.

-¿Sobre qué tienes que hacer el trabajo?

-Tengo que hacer una redacción sobre lo que significa el paso del tiempo.

-A mis 70 años, creo que en eso yo soy un experto, yo diría que todo un catedrático.

-¡Guay! ¿Me ayudas? ¡Venga, cuéntame todo lo que sepas sobre el paso del tiempo!

Seguí durante unos minutos mirando cómo caía la lluvia sobre el cristal de la ventana del salón. Finalmente me volví hacia Karlo, que ya estaba provisto con una libreta y un bolígrafo esperando ansioso mi explicación. Giré la cara hacia el cristal y comencé mi relato.

Al finalizar mis estudios, quizás movido por la necesidad de cierta notoriedad, me involucré en empresas imposibles. Necesitaba emprender nuevos proyectos llenos de riesgo y de trabajo para poder darle un sentido a mi vida y eso me convirtió en esclavo de mi propia ambición.

En muchos casos, las recompensas que recibí, a cambio de tal esclavitud, fueron grandes, pero las decepciones y los fracasos acabaron por hacer mella en mi alma.

En ocasiones oímos hablar de los cambios; no se si hormonales, químicos o simplemente mentales, que se producen al acercarse a la frontera de los 50 años. A esta edad, parece que los paisajes cambian de color y que los relojes marcan el tiempo de otra forma –quizás girando hacia atrás como iniciando el tiempo de descuento–.

A esas edades los sentimientos sufren una especie de metamorfosis y algunas cosas importantes dejan de serlo para que otras, que antes parecían superfluas, ocupen su lugar. Se pierde ambición. Se gana serenidad. La experiencia se convierte en un activo valioso y la salud y el tiempo se convierten en valores escasos y por tanto, muy apreciados.

Con la madurez no necesitamos el ejercicio físico para equilibrar el exceso de energía acumulada en las baterías de la juventud, sino para reencontrarnos con nosotros mismos, para poder sentir que seguimos vivos y para aprender a soportar nuestras propias limitaciones. Las limitaciones son el pasivo que crecerán con el paso de los días.

El tiempo nos avisa de las mermas a las que estamos siendo sometidos. La vista bromea con nuestro cerebro. La elasticidad deja paso a la rigidez y la belleza exterior es sustituida por la interior –quizás esto último no sea más que una válvula de escape para que nuestra vanidad no se sienta ofendida–.

Se inicia una etapa en la que la familia, muchas veces perdida u olvidada, adquiere una relevancia especial. Se comienza a vislumbrar el sentimiento de la soledad, la soledad del anciano, la soledad del rechazo o la soledad porque sí.

Nos percatamos de que la vida de una persona está segmentada en etapas y de que cada etapa se convierte en una oportunidad que debemos aprovechar para realizar aquello que toca. Lo común a todas esas etapas es aprender a vivir cada día.

La niñez es para jugar. La adolescencia es para elegir un camino. La juventud es para emprender. Finalmente la madurez es para ayudar a los niños a jugar, a los adolescentes a buscar su camino y a los jóvenes a emprender sus empresas.

Nos vamos dando cuenta de que los anacronismos -hacer las cosas cuando no toca- no son buenos y que nuestro éxito, no se basa tanto en que te toquen buenas cartas -eso que algunos llaman suerte- como en saber jugar bien las que el azar te ha brindado.

Cuando se van acumulando años, hay cifras que imponen cierto respeto, los 40, los 50, los… Parece como si nos enfrentáramos al salto de alguna barrera invisible, y un tanto absurda y que en el fondo, no es más que el resultado de empeñarnos en poner obstáculos en nuestro propio camino. Aparecen nuevos miedos.

Nos asalta el miedo al final. Nos asustan los reproches por todo lo que no hemos hecho. Nos torturan los pecados cometidos y todos momentos malgastados.

A veces pienso en lo estúpido que ha sido lo de inventarnos el tiempo. Con él queremos medir lo inconmensurable y explicar lo imposible.

En un mundo sin tiempo no existirían ni el principio ni el fin; ni tampoco los «antes» ni los «despueses». Cada «ahora» sería eterno. No existirían esos miedos que nacen en el pasado y nos persiguen hasta el final de nuestro camino. Los relojes estarían parados. Jamás llegaríamos tarde. Los trenes siempre estarían saliendo y nunca perderíamos el nuestro.

Sin el tiempo, la primavera o el otoño, no serían más que colores y el verano o el invierno serían tan solo sensaciones. No existirían ni las deudas ni los acreedores. El día se utilizaría para vivir intensa y alocadamente y la noche para abrazar y amar apasionadamente.

Sin el tiempo, los «ayeres» no nos martirizarían con sus pecados y sus deudas pendientes y los «mañanas» no nos presionarían con sus propuestas de objetivos imposibles. Solo existirían el «hoy» y el «para siempre». Nuestra edad sería el resultado del transcurso de los «ahoras» y no nos haría perder la calma porque solo mediría cuánto hemos crecido como personas.

Al terminar mi exposición volví, de nuevo, la mirada hacia Karlo. Después de unos segundos de silencio, me hizo una buena pregunta.

-Entonces, abuelo… ¿Qué debo hacer yo con mi vida?

Volví la mirada de nuevo hacia el cristal y continué hablando:

–¿Ves todas estas gotas de lluvia golpeando el cristal?

-Observa cómo chocan una y otra vez contra la ventana en un esfuerzo inútil por abrirse camino hacia el interior de la casa. Todas las gotas, al chocar, caen hacia el suelo, una tras otra. La experiencia de las primeras no resulta útil para las que vienen detrás. Aunque sea doloroso, cada gota necesita experimentar su propio fracaso.

A partir de ahí, se hizo el silencio. Mientras tanto, las gotas, seguían chocando contra el cristal y una tras otra recorrían siempre el mismo camino hacia el suelo.

Atribución de la imagen del cuento: Diseñado por Freepik

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