Razón y Corazón

Ratón y corazón
1275 palabras - 7 min. de lectura

Razón y Corazón eran dos ratoncillos que vivían en un pequeño bosque a las afueras de la ciudad. En la madriguera, Razón siempre establecía las normas de convivencia, marcaba las estrategias para defenderse de los depredadores y enseñaba al resto de ratones normas básicas de cortesía para relacionarse entre sí.

El orden y la limpieza eran su razón de ser. Era previsor, le gustaba contar con una reserva suficiente de alimentos que paliara el hambre en los momentos de escasez. Tenía unas gafas redondas siempre limpias, estudiaba cada paso y costumbres de los felinos que les rodeaban y meditaba sobre la vida, la muerte, la libertad y sobre las leyes de la naturaleza. Nunca se preocupó de establecer relaciones con otros grupos de ratones, ni de organizar fiestas, de eso, se encargaba siempre Corazón. Cada minuto de su vida estaba planificado con antelación. El futuro podía leerse en su agenda.

Corazón era el contrapunto en la madriguera. Odiaba a los gatos. Amaba a las estrellas de la noche. Cuando veía una mariposa soñaba con volar. Se levantaba tarde todas las mañanas. Nunca preveía nada. No tenía agenda. Cuando veía una ratoncilla, su pequeño corazoncito latía tan deprisa, que tenía la sensación de ahogarse y morir. Le brillaban los ojos de alegría. Durante el día, y a veces también durante la noche, cantaba, bailaba, gritaba, lloraba, reía, jugaba. Nunca limpiaba la madriguera, ni ordenaba la despensa, ni sacaba la basura. De todo eso se encargaba siempre Razón.

Corazón era muy despistado, improvisaba constantemente. Vivía intensamente cada minuto del presente. Nunca pensaba en el futuro.

Una noche, mientras dormían, las paredes de la madriguera empezaron a temblar. Arena y piedras caían a su alrededor. Sus corazones dejaron de latir durante unos segundos y de repente apareció una gran cabeza frente a ellos.

Era una enorme lombriz, no les veía, pero si pudo olfatearlos y sentir su presencia. Razón, por precaución, no quiso hacer ningún ruido que pudiera alertar de su presencia, pero Corazón, cargado del atrevimiento que otorga la falta de razón, se lanzó a hablar y con voz temblorosa dijo: –Hola… ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Por qué destruyes nuestra guarida?

La lombriz, escuchó la voz de Corazón y, girándose hacia él respondió: -Disculpad, no quería molestar ni asustar. Soy una lombriz, y desde hace años ando buscando a Felicidad. ¿Sabes si está por aquí?

Corazón, que no había oído hablar nunca de esa tal Felicidad, se dirigió a Razón diciendo:

-Razón, ¿has oído hablar alguna vez de Felicidad?

Razón, tras recuperar el aliento, después del susto, dijo:

-No, nunca he oído hablar de ella. ¿Quién es? ¿Qué nos puedes contar de ella?

En ese momento, la lombriz les narró todo lo que sabía de Felicidad. También les dijo que aún no había encontrado a nadie que la hubiera visto, en cambio, había muchos que aseguraban tener algún conocido que sí la había visto.

Existían infinidad de leyendas urbanas que le otorgaban poderes mágicos a Felicidad. Podía abrir cualquier puerta, ver a través de las paredes, acabar con las guerras, el hambre y la pobreza. Incluso, había quien le otorgaba el poder de la eterna juventud y el de la cura de todas las enfermedades. Por ello, infinidad de animalillos del bosque, dedicaban sus vidas a buscarla.

A medida que la lombriz hablaba, Razón y Corazón se imaginaban a Felicidad como una ratoncilla hermosa, siempre sonriente, vestida como una princesa, de piel blanca, pelo esponjoso y suave y con unos preciosos ojos verdes.

Sin haberla visto, Corazón ya se había enamorado locamente de ella. La imaginaba pasional, divertida, sensual y alocada. Por el contrario Razón, consideraba que Felicidad debía ser ordenada, trabajadora, inteligente y que le ayudaría a resolver los problemas del día a día de una forma muy eficiente. Ambos ratoncillos expusieron sus pensamientos, se enfadaron mucho, discutieron y, unánimemente, decidieron separar sus caminos para ir en busca de Felicidad.

Razón, establecería su cuartel general en su guarida mientras que Corazón, siguiendo el impulso de sus sentimientos, se echó a la calle para buscar en el bosque.

Corazón buscaba por todas partes con la pasión que le caracterizaba. Se acercaba a cualquier ratoncilla que veía, flirteaba con ella y cuando descubría que no era Felicidad se entristecía e iniciaba una nueva búsqueda. Al cabo de unos días se percató de los peligros que corría en el bosque sin un hogar en que guarecerse. Entonces decidió buscar una madriguera para cobijarse.

Tras algunas semanas de trabajo observó que su destartalada y sucia guarida no tenía nada que ver con aquella que con tanta maestría había hecho su compañero Razón. Echaba de menos el orden, la limpieza, las normas. En definitiva echaba de menos a su amigo Razón. Se sentía solo. Dejó de bailar, ya no sonreía. En el cielo no veía estrellas sino oscuridad. Yacía en su maloliente lecho, sin apenas comer ni beber. Solo esperaba que Felicidad pudiera encontrarlo a él.

Razón, buscaba a Felicidad con la premeditación propia de su estilo. Analizaba con cuidado y meticulosidad a todas las ratoncillas que encontraba. Las sometía a diversos test, estudiaba los resultados y tras comprobar que no se trataba de Felicidad, volvía a iniciar la búsqueda. Su nueva vida era aburrida, sin sobresaltos, sin música, sin bailes, sin las fiestas que organizaba Corazón. Empezaba a sentir los efectos de la soledad. Cada vez anotaba menos cosas en su agenda, planificaba menos su trabajo y empezaban a aflorar algunos indicios de desorden en su vida.

Además, para intentar esconderse del recuerdo de su amigo Corazón, decidió cambiar de guarida. Comenzó a buscar por el bosque hasta que encontró una oquedad que le podría permitir hacerse un hogar a la medida de sus nuevas circunstancias. Se trataba de un agujero lleno de basura y escombros, pero le gustó el sitio y, aunque casi sin ganas, comenzó con las tareas de limpieza.

Cuando llevaba varias horas arrastrando piedras, hojas, ramas y algún que otro desperdicio más, observó un bulto en el fondo que parecía un animal muerto. Se acercó y vio que se trataba de su amigo Corazón. Aún respiraba. Estaba desnutrido y semiinconsciente. Razón, emocionado, utilizó todos sus conocimientos para reanimar a Corazón y, tras varios días de tratamiento, consiguió recuperarle.

Razón se había olvidado de la búsqueda de Felicidad y Corazón ya no la recordaba. Ambos volvieron a su antigua guarida. Razón volvió a programar sus tareas y su agenda volvió a marcar los minutos de su futuro. Las normas volvieron a hacer acto de presencia en su vida. Corazón volvió a cantar y bailar, seguía levantándose tarde, no hacía nada en la guarida, pero conseguía divertir a Razón, viviendo intensamente y con pasión cada minuto de su presente. Jamás volvieron a ocuparse de Felicidad.

Créditos del autor de la imagen utilizada en este cuento: Diseñado por Freepik

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