La vaca y el “lidiano”

La vaca y el lidiano
1629 palabras - 9 min. de lectura

Clotilde era una joven y hermosa vaca de colores blanco y negro. Para unos su piel era blanca con manchas negras, para otros, negra con manchas blancas.

Era hermosa y de gran envergadura. Nunca pasaba desapercibida. Nadie podía evitar girar la cabeza a su paso. Sus ojos, grandes y de un intenso color negro azabache, se clavaban en todo aquello que mirase. Sin duda era la vaca más hermosa de la comarca y no había becerro que no se sintiera atraído por su belleza.

Los padres de Clotilde estaban muy orgullosos de ella y aprovechaban cualquier ocasión para presumir de hija. En la granja, en la que vivían, trabajaba toda la familia. El padre y la madre se encargaban de las tareas de mayor responsabilidad, así como de coordinar la labor de otros toros y vacas que contrataban para realizar trabajos puntuales.

La granja se sustentaba por la cría de hombres, a los que domaban y domesticaban desde su nacimiento hasta que adquirían una edad y un peso apropiados para la venta. Los hombres, una vez domesticados, presentaban una gran capacidad para trabajar, eran mañosos y aprendían con gran velocidad. La posibilidad de andar erguidos sobre sus patas traseras y la de poder utilizar las manos como elementos prensiles, les otorgaban una extraordinaria versatilidad a estos animales.

Aunque todos podían ser utilizados para cualquier tarea, los hombres eran especialmente útiles para ejecutar las labores más duras de la granja mientras que las mujeres -hembras de esta especie- destacaban en el cuidado de los becerrillos. El negocio estrella de la granja era la cría de «lidianos» u «hombres de lidia».

Los «lidianos» eran entrenados desde muy jóvenes para la lucha cuerpo a cuerpo contra los toros. Se les sometía a un duro entrenamiento de resistencia y elasticidad. Las zonas destinadas a dicho entrenamiento eran grandes extensiones de terreno perfectamente acotado para evitar que escaparan.

Desde muy pequeños los «lidianos» eran sometidos a los tentaderos que consistían en aplicar ciertos castigos para inculcarles el odio hacia los toros, y de esta forma, propiciar grandes tardes de lidia. Para inocular este odio, un grupo de jóvenes y fuertes toros ataviados con protecciones en sus astas, para no herir de gravedad a los «lidianos», se adentraban en sus hábitat y se dedicaban a perseguirlos.

Los «lidianos» corrían todo lo deprisa que eran capaces para protegerse, pero siempre alcanzaban golpes y pisoteos por parte de alguno de los atacantes. Los tentaderos, a los que eran sometidos los «lidianos», propiciaban el desarrollo de una gran esbeltez y belleza.

Marcelo, era un «lidiano» precioso, con un cuerpo de perfección griega, fibroso, de tez morena y ojos grises. Era fuerte, ágil y muy valiente. Tenía la misma edad que Clotilde, no en vano, habían jugado juntos en la infancia. El padre de Clotilde la solía llevar a los tentaderos para que fuera iniciándose en el bello arte de la lidia.

A Clotilde no le gustaban los castigos a los que eran sometidos los «lidiano», pero le encantaba ir para ver a Marcelo. Su belleza le había impactado desde jovencita y cada vez que lo veía le gustaba un poco más. Clotilde no llegaba a entender ese sentimiento confuso hacia Marcelo, al fin y al cabo, no era más que un simple «lidiano», por esa razón nunca había confesado su secreto a nadie, pero lo cierto es que le costaba alejar a Marcelo de sus pensamientos.

Cuando se acercaban las fiestas de la comarca, la granja era un ir y venir de toros y vacas que deseaban comprar «lidianos» para sus luchas locales. Los «lidianos» eran vendidos a precios que variaban según sus condiciones físicas.

Marcelo era un ejemplar que no se podía permitir cualquiera. Una tarde apareció por la granja un comprador de «lidianos» de la capital y, en esta ocasión, sí que pudo comprar a Marcelo. El comprador invitó a la familia de Clotilde a presenciar la lidia de Marcelo. Clotilde nunca había asistido a una tarde de lidia y no sabía en qué consistía.

Cuando llegó el día, ella y sus padres se colocaron en las gradas que les asignaron la plaza. Desde sus butacas veían perfectamente el coso circular. Llegadas las 5 de la tarde, sonó un pasodoble y, acto seguido, aparecieron los toros y ayudantes que participarían en la lidia. Eran tres toros imponentes, grandes, fuertes, con unas astas muy afiladas.

Los tres toros lidiadores se acercaron, al lugar en el que se encontraba el presidente y organizador de la lucha, para saludar y brindarles los «lidianos». El ambiente era impresionante, todos los toros y vacas allí presentes gritaban y vitoreaban a los lidiadores. Cuando desaparecieron, la plaza silenció. A la derecha de Clotilde, había una especie de callejón por la que los «lidianos» accedían al coso. El primero de la tarde, fue Marcelo que salió totalmente enfurecido tras haberle clavado un lazo en su espalda con una cuchilla que por su forma impedía su extracción.

El primer toro lidiador le esperaba en el centro de la plaza ataviado con unas protecciones en las astas, similares a las que Clotilde ya había visto en los tentaderos. Cuando Marcelo se acercó, el toro arrancó con fuerza hacia él con la idea de propinarle un cabezazo, pero en el último instante, Marcelo saltó por encima y evitó el encontronazo.

La muchedumbre de la plaza vibraba y gritaba ¡Ole! ¡Ole!… Después de varias persecuciones del toro, y de sus ayudantes, a Marcelo por toda la plaza, éste ya empezaba a notar cierto cansancio. Tras el primer tercio, que así se llamaba cada una de las tres partes en las que se dividía la lucha, sonó de nuevo, el pasodoble y el toro y sus ayudantes desaparecieron del coso.

Marcelo pudo tomarse un respiro, pero ya mostraba síntomas de cansancio junto a alguna magulladura provocada por las caídas. Clotilde estaba orgullosa de la fortaleza mostrada por Marcelo. Las vacas y toros del público alababan la belleza de Marcelo y ensalzaban su fuerza y agilidad.

En el segundo tercio, tres de los ayudantes del toro lidiador, saltaron a la plaza y fueron arrinconando a Marcelo contra las vallas que delimitaban el coso. Cuando éste no tuvo escapatoria iban embistiéndole uno a uno propinándole fuertes cabezazos en todas las partes del cuerpo con el objetivo de cansarle y hacer perder fuerza.

A Clotilde, este juego empezaba a no gustarle y comenzó a sentirse incómoda. Marcelo estaba extenuado, presentaba síntomas claros de debilidad. Ya no saltaba con la agilidad del principio y sus gestos mostraban el dolor que sentía en casi todas las partes de su cuerpo. Se dolía de alguna costilla rota y tenía un ojo tan hinchado que apenas podía ver por él. Volvió a sonar el pasodoble y los toros, de la cuadrilla del lidiador, se retiraron.

Marcelo, se aproximó al lugar en que se encontraba Clotilde. Ésta, pudo ver el miedo en su mirada, pudo sentir el dolor en su expresión. No hubo palabras pero sí mensaje. Marcelo pedía clemencia en silencio.

El último tercio de esta macabra fiesta, comenzó con la salida a la plaza del toro lidiador, pero esta vez, sin las protecciones en sus astas. Cada una de ellas estaba perfectamente afilada. A Clotilde se le paró la respiración. El toro se lanzaba una y otra vez hacia Marcelo, y éste, cada vez respondía con menos fuerzas.

Clotilde presagiaba lo peor. Temía seriamente por la vida de Marcelo y no entendía cómo alguien podía divertirse con un espectáculo como ese. La respiración de Clotilde era cada vez más acelerada, y su corazón latía cada vez más rápido. De repente, perdió el conocimiento, pero la muchedumbre estaba tan excitada con el espectáculo que no se percataron de ello.

Marcelo tenía un par de costillas rotas así como su tobillo derecho y eso, le impedía correr, en alguna ocasión tuvo que poner su rodilla derecha en el suelo. No podía soportar el dolor. La vista empezó a nublarse y apenas podía distinguir el bulto negro que representaba su verdugo.

El público comenzó a silbar y a reprochar la escasez de fuerza del «lidiano». Finalmente, la debilidad hizo que Marcelo se arrodillara en medio de la plaza mirando hacia el suelo. Este era el momento cumbre de la fiesta.

El toro, miraba firmemente al «lidiano», se colocaba justo frente a él. La distancia estaba cuidadosamente medida. El toro arrancó a correr. En ese momento Marcelo levantó la mirada y abrió sus brazos en cruz.

El asta derecha del toro se introdujo por debajo del esternón y se abrió camino hacia el corazón atravesándolo por completo. El cuerpo del «lidiano» yacía sobre la cabeza del toro.

Clotilde recobró el conocimiento en ese momento y vio lo ocurrido. No daba crédito al dantesco espectáculo de la lidia. Nunca más vería a Marcelo y nunca olvidaría cómo le suplicó por su vida en sus últimos minutos. Sintió vergüenza de su especie y nunca entendió qué había de divertido en ver la tortura y la muerte de un ser vivo cuyo único pecado había sido el de ser un bello ejemplar de hombre.

Atribución del autor de la imagen de este cuento: Diseñado por Freepik

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