La tela de la araña

La tela de la araña
719 palabras - 4 min. de lectura

Desde pequeña la araña había sido adiestrada para tejer su tela con maestría. El entramado de hilos de seda le servía para atrapar a sus presas y desplazarse a través de las finísimas líneas que trazaban su red. Atada a su propia seda, suspendida en el aire, podía volar como si se tratara de una mariposa, podía balancearse y llegar a lugares que de otra forma le estarían vetados.

La rapidez con la que era capaz de tejer su tela, le permitía iniciar una nueva red cada vez que lo necesitaba abandonando la anterior. Su vida nómada y con continuos cambios le permitían aprender cosas nuevas cada día, saborear nuevas presas y conocer otras arañas con las que intercambiar historias y compartir buenos momentos. Un día, en su habitual trashumancia, llegó hasta un viejo árbol con una enorme oquedad que se le antojó como el lugar ideal para montar un campamento.

Comenzó por inspeccionar el interior y, una vez dado el visto bueno al lugar, comenzó a tejer una enorme malla con la intención de tapar toda la apertura de entrada, sería una magnífica trampa para sus presas y un excelente cobijo para ella misma.

A medida que iba tejiendo su red, la araña se iba apasionando con su propia obra, veía como el entramado de hilillos era cada vez más tupido y sabía que hasta las mayores presas podrían acabar cayendo en su trampa. Un par de despistadas moscas, fueron las primeras presas en caer.

La trampa funcionó a las mil maravillas, en cuanto tocaron la seda quedaron atrapadas y sus desesperados intentos por huir, no hicieron más que enredarlas más en la pegajosa red. Luego fue una enorme mariposa la que se vio atrapada pero, en esta ocasión, la presa pudo escapar aún a costa de perder una de sus patas. Entonces la araña, reforzó el entramado de seda haciéndolo más fuerte y pegajoso. Las mariposas ya no podrían escapar. Instantes más tarde pasó un grillo y casi sin esfuerzo logró despegarse de los hilos de seda.

La araña, obsesionada con su nueva malla, dedicó un gran esfuerzo en hacerla más tupida, multiplicó el número de hilos que conformaban su red añadiendo capas y más capas de seda. La luz atravesaba con dificultades la tela. La araña ya no pensaba en cambiar de hábitat se había acomodado y el sedentarismo le resultaba muy placentero. A medida que iban cayendo más presas, la araña iba perfeccionando la tela. La tupida malla era tan resistente que hasta los pequeños roedores corrían peligro de ser atrapados.

Pronto se corrió la voz y todos los insectos conocían donde estaba el lugar prohibido, el lugar en el que una araña había hecho la trampa más mortífera que se había conocido en la comarca. Las presas cada vez más escasas y el instinto depredador de la araña le provocaron la necesidad de salir para buscar otro lugar donde tejer una nueva tela de araña. Intentó salir pero la red era tan tupida que se vio obligada a derrochar gran cantidad de energía en los intentos de abrirse camino.

Lo intentaba una y otra vez y el resultado era siempre el mismo. Cuando conseguía eliminar una capa de seda, ahí estaba la siguiente, no conseguía perforar la malla. La sensación de ahogo era cada vez más intensa, la idea de conseguir salir al exterior se difuminaba por momentos. La araña añoraba el sol, el aire, volar colgada de uno de sus hilos. Añoraba atrapar pequeños insectos de los que extraer su esencia. Maldijo su estúpido intento por cambiar su forma de vida, por haber confundido un simple tronco de árbol con un paraíso. La araña no volvió compartir momentos ni historias con otras arañas. La araña quedó atrapada para siempre en su propia trampa.

Créditos de la imagen utilizada en este cuento: Diseñado por Freepik

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