La mosca y la amapola

La mosca y la amapola
534 palabras - 3 min. de lectura

Andaba una mosca volando por una soleada esquina del jardín cuando, de repente, se percató de la presencia de una preciosa amapola. Sus pétalos, de un intenso color escarlata, rodeaban y protegían a unos preciosos estambres tintados de azabache.

La mosca empezó a notar sensaciones extrañas. Su corazón latía muy rápido y sentía que se ahogaba. No podía dejar de mirar a la florecilla y su vuelo se convirtió en torpe y descuidado. Como pudo, continuó volando hasta que, finalmente, se pudo posar sobre un poste de madera.

El impacto de la belleza de la flor sobre la mosca fue tan grande que desde entonces, no pudo pensar en otra cosa. Soñaba con ella por las noches y no podía alejarla de su pensamiento durante el día.

El respeto que sentía la mosca por la flor era tan grande, que no se atrevía a posarse sobre ella. No quería mancharla con sus peludas patas. Creía que el hedor que desprendía su cuerpo provocaría un sentimiento de rechazo en la florecilla. Solo de pensar en ello sumía a la mosca en una profunda tristeza. La mosca se había enamorado de la amapola.

La amapola, que se había percatado de las continuas incursiones de la mosca por su espacio, soñaba con la idea de mover sus pétalos y emular su vuelo. Admiraba el desparpajo con la que surcaba el aire; podía dejarse caer y volver a remontar, moverse a derechas e izquierdas, arriba, abajo, darse la vuelta.

Que triste era la vida de la amapola, ni siquiera podía dejar de mirar hacia arriba. No perdía la esperanza de que alguna vez la mosca llegara a posarse en sus pétalos.

Le preguntaría cómo era el suelo, qué había más allá del jardín, qué se sentía al volar. Pensaba que su efímera vida podría ser mucho más feliz compartiéndola con esa encantadora mosca. Pero ante la belleza del cielo, cómo iba a fijarse aquella mosca en una amapola tan inútil e infeliz. La amapola también se había enamorado de la mosca.

Ambas, se intercambiaban miradas, flirteaban con sus propios pensamientos, pero eran incapaces de mostrar signos que pudieran dejar al descubierto la necesidad que tenían la una de la otra. La mosca volaba alrededor de la amapola esperando alguna señal de invitación a posarse.

La amapola soñaba con que la mosca mostrase algún interés por acercarse y acariciar sus estambres. El miedo impedía que ninguna diera el primer paso. Mientras tanto, el amor que ambas sentían cargó sus vidas de un pesado sufrimiento.

En pocos días envejecieron. La mosca dejó de volar y murió sin conocer el tacto de la amapola. Los pétalos de la amapola se precipitaron al suelo pero no pudieron verlo. La naturaleza nunca perdonó sus miedos. La estupidez nunca tuvo recompensa.

Créditos de la imagen usada en este cuento: Diseñado por Freepik


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