El perro que no quería oler culos

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1143 palabras - 7 min. de lectura

Cuenta una leyenda que hace cientos de años, una manada de perros salvajes contrajeron una terrible enfermedad. Su contagio se producía por el contacto físico con un perro enfermo. La epidemia se extendió rápidamente hasta que, no se sabe muy bien como, los perros aprendieron a detectarla gracias a su desarrollado olfato.

Observaron que cualquier perro enfermo desprendía un olor muy particular a través de su ano. Cuando un perro emanaba dicho olor por su trasero había que alejarse corriendo y evitar cualquier contacto con él.

Gracias a este mecanismo, y a la gran difusión que tuvo este pequeño, pero efectivo truco, miles de perros pudieron salvar sus vidas evitando el contagio. Poco a poco, los perros contagiados fueron muriendo hasta que, finalmente, se extinguieron junto con la enfermedad.

Por esta razón y durante generaciones, los perros olían el culo de sus congéneres antes de efectuar cualquier tipo de contacto con ellos, y fue así como «oler el culo» se convirtió en el saludo habitual entre cánidos.

Lolo era un extraordinario dálmata de un blanco intenso regado con unas preciosas manchas negras que le daban ese aspecto tan divertido propio de esta raza. Ya desde el destete había sido el cachorro más travieso de la camada. Estaba todo el día haciendo fechorías y se prestaba poco a hacer los trabajos que mamá dálmata le asignaba.

Todos los días, sin excepción, se llevaba una bronca de alguno de sus progenitores. Era un cachorro rebelde e insolente. Estaba siempre dispuesto a llevar la contraria y acostumbraba a decir siempre la última palabra. Los padres no sabían qué hacer con él.

Llegado el momento, Lolo fue llevado a la escuela de la manada para recibir educación. Los padres pensaron que ese sería el principio del cambio. Creyeron que Kin, un magnífico ejemplar de gran danés, y maestro del grupo, acabaría con los humos de Lolo.

Como cada año, la primera clase del curso impartida por Kin versaba sobre el saludo y su importancia social. Para explicarlo hacía que dos cachorros, a veces voluntarios y otras no, se colocasen delante de todos y les mostraba cómo se debía realizar el ritual de acercamiento a otro perro hasta colocarse de forma que se pudiera olfatear su culo con mucha cortesía, educación y respeto. En esta ocasión Kin hizo salir a Lolo y Lisy, una preciosa perrita pastor belga. El primero en saludar debía ser Lolo y para ello Kin lo empujó hasta colocar su hocico junto al culo de Lisy. En ese momento Lolo echó su cabeza hacia atrás y espetó:

–¿Qué clase de saludo es este? ¿Por qué tengo que oler el culo de Lisy?

Kin no salía de su asombro, pero supo mantener su compostura y se dirigió con mucha calma a Lolo: –Por favor Lolo, no seas insolente, estoy enseñándote a saludar. El saludo es muy importante en la relación con otros perros.

–Sí, pero esto no es saludar, esto es oler el culo. –Dijo Lolo.

–¿Pero qué impertinencia es esta, Lolo? ¿Es esa la educación que te han dado tus padres? -Gritó Kin.

Antes de que la situación se le fuera de las manos, Kin echó a Lolo de la clase y le dijo que al día siguiente viniera acompañado de alguno de sus padres.

Cuando Lolo llegó a casa expuso lo que había pasado y sus padres quedaron horrorizados. El padre estaba furioso por la acción de Lolo y la madre, muy asustada ante la posibilidad de que su marido perdiera los papeles, se atrevió a decir:

–¡Por Dios Lolo! ¿Qué has hecho? ¿Cómo has podido ponernos en ridículo de esta manera? ¿Acaso no has visto cómo saludamos nosotros a otros perros? ¿No has observado a tus abuelos, a tus primos y a tus tíos?

Lolo no entendía muy bien la reacción que habían tenido Kin ni la de sus padres y seguía creyendo que oler el culo no era la mejor manera de saludar. Pensaba que rozar las mejillas, los cuellos o incluso los costados, era una forma mucho más natural. Los culos siempre le habían olido a culo y eso no le gustaba, lo consideraba poco decoroso, de mal gusto y una muestra de desconfianza.

Pronto se corrió la voz por toda la manada y casi a diario Lolo traía una herida o magulladura provocada en alguna pelea con alguno de los jóvenes de la manada. Todos se reían de él, lo humillaban constantemente. El resto de cachorros tenían prohibido jugar con él. Los padres de Lolo iban siempre cabizbajos para no tener que enfrentarse a las miradas acusadoras del resto de miembros de la comunidad.

La situación era cada día más insoportable y finalmente Lolo tuvo que abandonar la manada. El terrible enfado de Lolo, cuando comenzó a adentrarse en el bosque, hacía que caminase con la cabeza muy alta y sacando pecho. Creía firmemente en sus razones para no considerar las enseñanzas de Kin y no llegaba a comprender cómo el resto de perros habían sido incapaces de entender sus razones. Lo que peor llevaba era la incomprensión de su familia y la de Ted, su mejor amigo, quien había claudicado a las órdenes de su padre y no había vuelto a jugar con él.

A medida que pasaban las horas, Lolo iba sufriendo los  fuertes embates de la soledad y del miedo. Se sentía perseguido y acosado por alimañas y fieras de todo tipo. Su nueva situación se alejaba bastante de la seguridad de la manada y comenzó a considerar que había extremado su rebeldía ante Kin y su familia al tratar el asunto del saludo.

Según avanzaba el tiempo, se iba convenciendo, cada vez más, de lo absurdo de su postura y, entonces, decidió volver a la manada con la esperanza de ser readmitido.

Lolo se presentó ante su padre y le suplicó su perdón, prometiéndole no volver a incordiar jamás con el asunto del saludo ni con ninguna otra cosa que pudiera avergonzarle. El resto de la manada, admitió sus disculpas y a partir de ese día, Lolo saluda siempre a otros perros tal y como le enseñó Kin.

Quizás algún día nazca algún Lolo con más suerte. Mientras tanto, y por absurdo que parezca, los perros seguirán oliendo culos.

Créditos de la imagen utilizada en este cuento: Diseñado por Freepik

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