El jilguero enjaulado

El jilguero enjaulado
970 palabras - 6 min. de lectura

El amanecer en la granja, en los albores de la primavera, era una fiesta de la naturaleza. La crudeza del invierno dejaba paso a un magnífico despliegue de colores. Las incipientes florecillas recubrían, a modo de manto, todo el paisaje.

El nacimiento de Pispi y Tino, dos polluelos de jilguero, no podía haber acaecido en mejor momento. La primera en provocar la eclosión del huevo, en el nido alojado en el interior de la jaula, fue Pispi. Cuando apareció su cabeza por encima del cascarón, la madre no pudo evitar las lágrimas. Unos minutos después Tino, el que sería el jilguero más apuesto de la jaula, comenzó a romper su cascarón.

Papá jilguero no cabía en sí. Por fin, este año, podría presumir de su primer hijo varón. La vida en la jaula era perfecta. Cada mañana el granjero la limpiaba, llenaba los comederos y bebederos, y la colocaba en un lugar del jardín en la que los pájaros de su interior podían elegir recibir el sol directamente o cobijarse en la sombra. El interior de la jaula contaba con un recipiente que el granjero llenaba de agua limpia cada día y servía para que todos los pajarillos pudieran lavar sus plumajes.

La jaula, de gran tamaño, hospedaba a más de 20 ejemplares de pájaros de distintos tipos y tamaños. Los pajarillos se encontraban muy seguros en el interior de la jaula. Sus barrotes les protegían de gatos, perros y milanos. Los pájaros tampoco tenían que preocuparse de la recolección de semillas para comer ni de encontrar ningún charco o riachuelo para calmar su sed. De todo esto, se encargaba el granjero. Mientras los días eran buenos colocaba la jaula en el jardín y la tapaba durante las noches. En épocas de frío o lluvia, la jaula permanecía en el interior de la casa.

Pispi, era traviesa y un poco alocada, por el contrario, Tino era fuerte y tranquilo. Cuando alcanzaron la madurez, en un día soleado en el que la jaula estaba en el jardín, el granjero, por error, se dejó una de las puertas de la jaula abierta. Cuando Pispi se percató del hecho, voló hacia Toni y le dijo:

–¿Has visto eso, hermano?

–¿Qué? –Dijo Toni.

–La puerta de la jaula está abierta. –Comentó Pispi.

–Es cierto, pero no te preocupes, en cuanto el granjero se percate de ello la volverá a cerrar y todos estaremos a salvo de nuevo. –Comentó Toni.

–¿Por qué no salimos, Toni? –Dijo Pispi.

–¿Acaso te has vuelto loca hermanita? ¿Tú sabes cuantos peligros hay en el exterior? ¿Sabríamos cómo encontrar la comida y el agua? ¿Dónde dormiríamos? –Increpó Toni.

–No sé, Toni, pero… ¿Tú has visto todo lo que hay fuera? ¿Te has fijado en las montañas que tenemos enfrente? ¿No estás cansado de tanta monotonía? Aquí nunca ocurre nada. No se me ocurre un lugar más aburrido que este. Nacemos, nos crían, escuchan nuestro canto y, finalmente, morimos. ¿Acaso es ésta tu idea sobre la felicidad? –Comentó Pispi mientras miraba fijamente a los ojos de Toni.

–Pispi, ¿ya estás otra vez con tus papanatas? Por favor, déjalo ya y no hagas ninguna tontería. –Dijo Toni con cierto tonillo de enfado.

–Bueno Toni, yo me voy. ¡Adiós!

Tras decir esto, Pispi agitó sus alas, saltó hacia la puerta, miró durante unos segundos a Toni y levantó el vuelo hacia su libertad. Toni no salía de su asombro, sintió tanto miedo que no pudo hablar durante varios minutos. Cuando recobró algo de aliento, le contó a sus padres lo sucedido. A los pocos minutos todos los pájaros de la jaula estaban consternados por la locura de Pispi.

Su madre, no paró de llorar en varios días. Todos los pajarillos la daban por muerta. Los días fueron pasando sin noticias de Pispi. Toni, no perdía la esperanza de volverla a ver algún día, así podría contarle cómo se vivía en el exterior.

La vida en la jaula se hizo cada vez más triste y aburrida. Los días iban pasando inexorablemente y nunca se producían acontecimiento ni tristes ni alegres. Cada día se convertía en una réplica del día anterior.

Toni comenzó a desear que el granjero volviera a dejarse la puerta abierta y así probaría a salir. Sabía que en el exterior los depredadores intentarían acabar con su vida, pero al menos eso sí sería emocionante y sobre todo diferente. A veces cerraba los ojos y se imaginaba huyendo de un milano en pleno vuelo. Su corazón se aceleraba, sentía miedo, pero, en el fondo, disfrutaba de la huida. Pasaron meses y todo seguía igual.

Toni envejecía y sus fuerzas disminuían día a día. El granjero no volvió a dejarse la puerta de la jaula abierta.

En una mañana de verano, una joven hembra de jilguero se acercó a la jaula desde el exterior y se posó en uno de los barrotes. Los jilgueros jóvenes de la jaula se acercaron a ella y le preguntaron: –¡Hola! ¿Cómo te llamas?

La jilguerilla dijo. –Me llamo Pispi, como mi madre.

Cuando Toni oyó esto, se emocionó tanto que su débil corazón no pudo resistirlo y cayó inerte sobre el suelo de la jaula. Por fin ese día fue distinto.

Atribución del autor de la imagen de este cuento: Diseñado por Freepik

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