El galgo que no quería defraudar

El galgo que no quería defraudar
1176 palabras - 7 min. de lectura

Koco era un galgo fuerte, estilizado y de una gran belleza, desde pequeño mostraba un talento especial para la carrera. Cuando divisaba una liebre, por lejos que estuviera, se lanzaba en una veloz persecución sin tregua hasta que finalmente la atrapaba.

Todos los domingos participaba en las carreras que se organizaban en su aldea y siempre quedaba el primero. Su padre, orgulloso de la habilidad de Koco, presumía ante sus vecinos del talento de su hijo. –¡Es un gran corredor! ¡Tiene un talento especial para correr! ¡Es el mejor de la comarca con diferencia! –Argumentaba siempre su padre.

Koco oía esos comentarios y se sentía muy feliz al ver que su padre se mostrara tan orgulloso de él. De hecho, para no defraudarle, todos los días corría durante horas para estar perfectamente entrenado y garantizar su primer puesto en la siguiente carrera.

En las carreras Koco tenía muchos seguidores que apostaban por él. –¡Ánimo Koco! ¡Demuéstrales lo que tú vales! ¡Humilla a esos chuchos que tienes a tu lado! Eran las voces que se oían domingo tras domingo y Koco apretaba sus dientes y se concentraba para correr. Sólo pensaba en correr. Un domingo al levantarse se encontraba algo cansado, se le notaba en la cara. –¡Venga Koco espabila! ¿No me irás a fallar hoy? –Le decía su padre. –No papá, ¡tú estate tranquilo! Koco ganó de nuevo esa carrera, pero a diferencia de las anteriores, en esta tuvo miedo a perder. Sintió pánico pensando en la posibilidad de defraudar a su padre. Se notaba muy cansado.

A partir de esa carrera no le abandonó el cansancio, el agotamiento y el miedo a defraudar en la próxima carrera se convirtió en una especie de mantra que no abandonaba su cabeza. Jimy, el zorro, se percató de su estado de ánimo y se le acercó. – ¿Qué te ocurre Koco? – No sé qué me pasa Jimy, creo que estoy agotado. – ¿Agotado?. Creo que tengo un remedio para eso –dijo Jimy. – ¿De veras? ¿Cuál es ese remedio? – argulló Koco. – Verás, conozco un elixir que te hará mucho bien. – Respondió Jimy – ¿Elixir? ¿Eso no será malo? – Preguntó Koco – No, para nada, ¡tómalo! Si ves que no te sienta bien no vuelvas a tomarlo y punto. –respondió de inmediato Jimy. – Es cierto, ¡lo tomaré! Jimy le proporcionó una dosis y se la tomó.

En pocos minutos Koco comenzó a sentirse mejor. Ya no tenía miedo se sentía eufórico y tenía ganas de correr. Los síntomas de agotamiento habían desaparecido y en su camino de vuelta a casa divisó una liebre y corrió tras ella hasta cogerla, sus sensaciones eran magníficas.

Corrió a su casa y su padre, al verle tan animado, se acercó a él y le dijo: –¡Esa es la actitud hijo! ¡Continúa así y verás como consigues lo que te propongas! Koco se sentía feliz al ver cómo su padre volvía a mostrarse orgulloso y seguro de él.

Al siguiente domingo el joven galgo volvió a encontrarse cansado y, antes de ir a la carrera, se fue en busca de Jimy para que le proporcionara una nueva dosis de elixir. Al tomarla, volvió a recuperar su vitalidad. Ese domingo volvió a arrasar y los vítores de sus seguidores le sonaron a música celestial. Pronto se corrió la voz por toda la comarca sobre las excelentes marcas en carrera de Koco y fue invitado a participar en la competición entre aldeas.

El nivel de los competidores era muy superior al que había visto hasta ahora en su aldea, no en vano, tuvo que conformarse con un tercer puesto. Su padre le felicitó y le animó a que entrenara duro para mejorar. –¡Estoy seguro de que mejorarás y llegaras a ganar a todos estos chuchos! –Le decía.

Koco se tomó muy en serio sus entrenamientos, pero volvía a sentir cansancio y por mucho que entrenaba no conseguía superar sus propias marcas. La ansiedad volvía a instalarse en su cerebro, temía no estar a la altura y no deseaba defraudar a su padre ni al resto de seguidores de la aldea. Decidió entonces solicitar la ayuda a Jimy.

Cuando éste oyó sus argumentos le dijo que había un elixir un poco más fuerte que podría resolver su problema y Koco, sin pensárselo, le pidió una dosis. A los pocos minutos de tomarla, observó que volvía a sentirse eufórico, tenía ganas de correr. Hizo algunas pruebas y comprobó cómo sus marcas mejoraban. El padre, al ver los logros de su hijo, decidió apostar fuerte por él en la siguiente carrera. Cuando llegó el día, Koco se encontraba más agotado que nunca y corrió a Jimy para pedir su dosis de elixir.

Esta vez ganó la carrera y su padre ganó una gran cantidad de dinero en las apuestas. Sus amigos lo sacaron a hombros del canódromo y le animaban para competir a nivel nacional. Le auguraban un futuro exitoso en las carreras. Koco, aún joven, se contagió de la euforia y embriagado por el éxito se prometió a sí mismo entrenar duro y ganar en la competición nacional.

Los entrenamientos se hicieron más duros, no descansaba y su padre, que veía sus progresos, le animaba a seguir. – ¡Hijo, eres muy bueno en esto! ¡Conseguirás llegar a donde quieras! – Le decía una y otra vez.

Cuando se acercaba el día de la carrera el cansancio acumulado por tanto entrenamiento y poco descanso comenzaron a hacer mella en su cuerpo y no tuvo más remedio que acudir a su amigo Jimy para pedirle ayuda.

El zorro volvió a prepararle un remedio a la altura de la nueva competición y el efecto fue el esperado. Koco barrió a todos sus rivales y esto lo lanzó al éxito y le permitió probar fortuna en pruebas internacionales. En pocos meses, el nuevo elixir dejó de hacer efecto y Koco no pudo contrarrestar la bajada de su rendimiento.

El padre no entendía bien lo que estaba ocurriendo. La sucesión de carreras perdidas, una tras otra, empezaba a ser la tónica habitual y, finalmente, decidió llevar a su hijo a un médico. Tras una analítica general y un reconocimiento exhaustivo, el diagnóstico estaba claro, Koco estaba enfermo debido a la ingestión de sustancias nocivas para su salud.

Koco tuvo que dejar la competición y quedó marcado para siempre como un «tramposo». Todos sus éxitos le fueron borrados de su historial y los vecinos de su aldea nunca le perdonaron haberles defraudado y avergonzado. Por extraño que parezca, todos, incluso su padre, culparon al zorro Jimy de sus propias vergüenzas.

Atribución del autor de la imagen de este cuento: Diseñado por Freepik

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