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cuentos

Nautilus, el pulpo de provecho

Nautilus era un pulpo que desde pequeño se mostró alegre y divertido. Llegado el momento, sus padres lo apuntaron en un colegio para que, según ordenaba la tradición, se hiciera un pulpo de provecho.

El primer día de colegio le resultó muy divertido, le encantaba jugar con otros pulpos de su edad y el colegio le brindaba la oportunidad de rodearse de otros jovencitos con su misma pasión por el juego. Al tercer día de cole, empezaron las primeras clases de matemáticas y lo primero que debían aprender los pulpos, era a contar. Para ello, utilizaban sus tentáculos. Razón por la que su sistema de numeración llegaba del 1 hasta el 8.

En el mundo de los pulpos el 8 era el número patrón por el que que se regía todo. No en vano, cuando algo sobrepasaba esta frontera se convertía en incontable. Para enseñar a contar a los alumnos, el profesor les hacía levantar un tentáculo y hacía que todos entonaran en voz alta «U-N-O», luego les hacía levantar el segundo tentáculo y todos debían gritar «D-O-S». Esta secuencia se repetía hasta que todos los alumnos tenían sus ocho tentáculos en alto y gritaban «O-C-H-O».

Cuando la cuenta llegó al ocho, Nautilus observó perplejo que a él aún le faltaba un tentáculo por levantar. En ese momento el profesor se percató del problema y le espetó:

– ¡Debes estar más atento Nautilus! Cuando lleguemos al ocho, tú debes tener todos tus tentáculos en alto.

Volvieron a repetir el ritual de conteo: «U-N-O», «D-O-S», … , «O-C-H-O».

Nuevamente Nautilus tenía un tentáculo hacia abajo.

El profesor, que no entendía el problema, se dirigió a Nautilus y le hizo acercarse para comprobar dónde se estaba equivocando.

-¡Venga Nautilus!

El profesor fue contando de uno en uno y comprobando que Nautilus levantaba correctamente el tentáculo que tocaba y, llegados al ocho, aún le quedaba uno por levantar. El profesor de matemáticas no salía de su asombro, nunca había conocido a nadie que tuviera más de ocho tentáculos, ni siquiera sabía cómo denominar a ese tentáculo de más. Las matemáticas de los pulpos no tenían una explicación para ello.

Ese mismo día se reunió el claustro de profesores del colegio para deliberar y tomar alguna decisión sobre lo que debían hacer con Nautilus. Algunos profesores, los más conservadores, eran tajantes y solicitaban la expulsión de Nautilus del colegio. Argumentaban que el sistema no estaba preparado para un caso como el de ese alumno. Otros, proponían hablar con los padres de Nautilus, para que lo llevaran a algún especialista que pudiera amputarle el tentáculo de sobra.

Finalmente, decidieron que el alumno podría volver al colegio, siempre y cuando camuflara su tara para evitar que otros pulpos se sintieran incómodos en su presencia.

Nautilus no alcanzaba a entender el problema, pero sus padres le obligaron a camuflar el tentáculo sobrante escondiéndolo bajo el uniforme del colegio.

Con el tiempo, al no usarlo, el tentáculo se fue atrofiando. Dejó de crecer y llegó a pasar desapercibido a ojos de los demás.

A pesar de que Nautilus nunca volvió a soportaba su desnudez ante un espejo, el sistema, incapaz de crear el nueve, consiguió hacer de él un pulpo de provecho.

Atribución del autor de la imagen de este cuento:  Diseñado por Freepik
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relatos

El paso del tiempo

La tarde estaba algo fría y lluviosa. La lluvia siempre me ha puesto melancólico. Desde que me jubilé todo ha cambiado por completo. Es una lástima que haya tenido que transcurrir tanto tiempo para darme cuenta de lo equivocado que he estado siempre respecto a lo que debía o no debía hacer con mi vida.

-¡Hola abuelo! –Vaya esa es la voz de mi nieto Karlo.

-¡Hola Karlo! ¿Qué tal te ha ido hoy en el «cole»?

-Muy bien abuelo, ha venido un «profe» nuevo y nos ha mandado hacer un trabajo.

-¿Sobre qué tienes que hacer el trabajo?

-Tengo que hacer una redacción sobre lo que significa el paso del tiempo.

-A mis 70 años, creo que en eso yo soy un experto, yo diría que todo un catedrático.

-¡Guay! ¿Me ayudas? ¡Venga, cuéntame todo lo que sepas sobre el paso del tiempo!

Seguí durante unos minutos mirando cómo caía la lluvia sobre el cristal de la ventana del salón. Finalmente me volví hacia Karlo, que ya estaba provisto con una libreta y un bolígrafo esperando ansioso mi explicación. Giré la cara hacia el cristal y comencé mi relato.

Al finalizar mis estudios, quizás movido por la necesidad de cierta notoriedad, me involucré en empresas imposibles. Necesitaba emprender nuevos proyectos llenos de riesgo y de trabajo para poder darle un sentido a mi vida y eso me convirtió en esclavo de mi propia ambición.

En muchos casos, las recompensas que recibí, a cambio de tal esclavitud, fueron grandes, pero las decepciones y los fracasos acabaron por hacer mella en mi alma.

En ocasiones oímos hablar de los cambios; no se si hormonales, químicos o simplemente mentales, que se producen al acercarse a la frontera de los 50 años. A esta edad, parece que los paisajes cambian de color y que los relojes marcan el tiempo de otra forma –quizás girando hacia atrás como iniciando el tiempo de descuento–.

A esas edades los sentimientos sufren una especie de metamorfosis y algunas cosas importantes dejan de serlo para que otras, que antes parecían superfluas, ocupen su lugar. Se pierde ambición. Se gana serenidad. La experiencia se convierte en un activo valioso y la salud y el tiempo se convierten en valores escasos y por tanto, muy apreciados.

Con la madurez no necesitamos el ejercicio físico para equilibrar el exceso de energía acumulada en las baterías de la juventud, sino para reencontrarnos con nosotros mismos, para poder sentir que seguimos vivos y para aprender a soportar nuestras propias limitaciones. Las limitaciones son el pasivo que crecerán con el paso de los días.

El tiempo nos avisa de las mermas a las que estamos siendo sometidos. La vista bromea con nuestro cerebro. La elasticidad deja paso a la rigidez y la belleza exterior es sustituida por la interior –quizás esto último no sea más que una válvula de escape para que nuestra vanidad no se sienta ofendida–.

Se inicia una etapa en la que la familia, muchas veces perdida u olvidada, adquiere una relevancia especial. Se comienza a vislumbrar el sentimiento de la soledad, la soledad del anciano, la soledad del rechazo o la soledad porque sí.

Nos percatamos de que la vida de una persona está segmentada en etapas y de que cada etapa se convierte en una oportunidad que debemos aprovechar para realizar aquello que toca. Lo común a todas esas etapas es aprender a vivir cada día.

La niñez es para jugar. La adolescencia es para elegir un camino. La juventud es para emprender. Finalmente la madurez es para ayudar a los niños a jugar, a los adolescentes a buscar su camino y a los jóvenes a emprender sus empresas.

Nos vamos dando cuenta de que los anacronismos -hacer las cosas cuando no toca- no son buenos y que nuestro éxito, no se basa tanto en que te toquen buenas cartas -eso que algunos llaman suerte- como en saber jugar bien las que el azar te ha brindado.

Cuando se van acumulando años, hay cifras que imponen cierto respeto, los 40, los 50, los… Parece como si nos enfrentáramos al salto de alguna barrera invisible, y un tanto absurda y que en el fondo, no es más que el resultado de empeñarnos en poner obstáculos en nuestro propio camino. Aparecen nuevos miedos.

Nos asalta el miedo al final. Nos asustan los reproches por todo lo que no hemos hecho. Nos torturan los pecados cometidos y todos momentos malgastados.

A veces pienso en lo estúpido que ha sido lo de inventarnos el tiempo. Con él queremos medir lo inconmensurable y explicar lo imposible.

En un mundo sin tiempo no existirían ni el principio ni el fin; ni tampoco los «antes» ni los «despueses». Cada «ahora» sería eterno. No existirían esos miedos que nacen en el pasado y nos persiguen hasta el final de nuestro camino. Los relojes estarían parados. Jamás llegaríamos tarde. Los trenes siempre estarían saliendo y nunca perderíamos el nuestro.

Sin el tiempo, la primavera o el otoño, no serían más que colores y el verano o el invierno serían tan solo sensaciones. No existirían ni las deudas ni los acreedores. El día se utilizaría para vivir intensa y alocadamente y la noche para abrazar y amar apasionadamente.

Sin el tiempo, los «ayeres» no nos martirizarían con sus pecados y sus deudas pendientes y los «mañanas» no nos presionarían con sus propuestas de objetivos imposibles. Solo existirían el «hoy» y el «para siempre». Nuestra edad sería el resultado del transcurso de los «ahoras» y no nos haría perder la calma porque solo mediría cuánto hemos crecido como personas.

Al terminar mi exposición volví, de nuevo, la mirada hacia Karlo. Después de unos segundos de silencio, me hizo una buena pregunta.

-Entonces, abuelo… ¿Qué debo hacer yo con mi vida?

Volví la mirada de nuevo hacia el cristal y continué hablando:

–¿Ves todas estas gotas de lluvia golpeando el cristal?

-Observa cómo chocan una y otra vez contra la ventana en un esfuerzo inútil por abrirse camino hacia el interior de la casa. Todas las gotas, al chocar, caen hacia el suelo, una tras otra. La experiencia de las primeras no resulta útil para las que vienen detrás. Aunque sea doloroso, cada gota necesita experimentar su propio fracaso.

A partir de ahí, se hizo el silencio. Mientras tanto, las gotas, seguían chocando contra el cristal y una tras otra recorrían siempre el mismo camino hacia el suelo.

Atribución de la imagen del cuento: Diseñado por Freepik
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cuentos

El perro que no quería oler culos

Cuenta una leyenda que hace cientos de años, una manada de perros salvajes contrajeron una terrible enfermedad. Su contagio se producía por el contacto físico con un perro enfermo. La epidemia se extendió rápidamente hasta que, no se sabe muy bien como, los perros aprendieron a detectarla gracias a su desarrollado olfato.

Observaron que cualquier perro enfermo desprendía un olor muy particular a través de su ano. Cuando un perro emanaba dicho olor por su trasero había que alejarse corriendo y evitar cualquier contacto con él.

Gracias a este mecanismo, y a la gran difusión que tuvo este pequeño, pero efectivo truco, miles de perros pudieron salvar sus vidas evitando el contagio. Poco a poco, los perros contagiados fueron muriendo hasta que, finalmente, se extinguieron junto con la enfermedad.

Por esta razón y durante generaciones, los perros olían el culo de sus congéneres antes de efectuar cualquier tipo de contacto con ellos, y fue así como «oler el culo» se convirtió en el saludo habitual entre cánidos.

Lolo era un extraordinario dálmata de un blanco intenso regado con unas preciosas manchas negras que le daban ese aspecto tan divertido propio de esta raza. Ya desde el destete había sido el cachorro más travieso de la camada. Estaba todo el día haciendo fechorías y se prestaba poco a hacer los trabajos que mamá dálmata le asignaba.

Todos los días, sin excepción, se llevaba una bronca de alguno de sus progenitores. Era un cachorro rebelde e insolente. Estaba siempre dispuesto a llevar la contraria y acostumbraba a decir siempre la última palabra. Los padres no sabían qué hacer con él.

Llegado el momento, Lolo fue llevado a la escuela de la manada para recibir educación. Los padres pensaron que ese sería el principio del cambio. Creyeron que Kin, un magnífico ejemplar de gran danés, y maestro del grupo, acabaría con los humos de Lolo.

Como cada año, la primera clase del curso impartida por Kin versaba sobre el saludo y su importancia social. Para explicarlo hacía que dos cachorros, a veces voluntarios y otras no, se colocasen delante de todos y les mostraba cómo se debía realizar el ritual de acercamiento a otro perro hasta colocarse de forma que se pudiera olfatear su culo con mucha cortesía, educación y respeto. En esta ocasión Kin hizo salir a Lolo y Lisy, una preciosa perrita pastor belga. El primero en saludar debía ser Lolo y para ello Kin lo empujó hasta colocar su hocico junto al culo de Lisy. En ese momento Lolo echó su cabeza hacia atrás y espetó:

–¿Qué clase de saludo es este? ¿Por qué tengo que oler el culo de Lisy?

Kin no salía de su asombro, pero supo mantener su compostura y se dirigió con mucha calma a Lolo: –Por favor Lolo, no seas insolente, estoy enseñándote a saludar. El saludo es muy importante en la relación con otros perros.

–Sí, pero esto no es saludar, esto es oler el culo. –Dijo Lolo.

–¿Pero qué impertinencia es esta, Lolo? ¿Es esa la educación que te han dado tus padres? -Gritó Kin.

Antes de que la situación se le fuera de las manos, Kin echó a Lolo de la clase y le dijo que al día siguiente viniera acompañado de alguno de sus padres.

Cuando Lolo llegó a casa expuso lo que había pasado y sus padres quedaron horrorizados. El padre estaba furioso por la acción de Lolo y la madre, muy asustada ante la posibilidad de que su marido perdiera los papeles, se atrevió a decir:

–¡Por Dios Lolo! ¿Qué has hecho? ¿Cómo has podido ponernos en ridículo de esta manera? ¿Acaso no has visto cómo saludamos nosotros a otros perros? ¿No has observado a tus abuelos, a tus primos y a tus tíos?

Lolo no entendía muy bien la reacción que habían tenido Kin ni la de sus padres y seguía creyendo que oler el culo no era la mejor manera de saludar. Pensaba que rozar las mejillas, los cuellos o incluso los costados, era una forma mucho más natural. Los culos siempre le habían olido a culo y eso no le gustaba, lo consideraba poco decoroso, de mal gusto y una muestra de desconfianza.

Pronto se corrió la voz por toda la manada y casi a diario Lolo traía una herida o magulladura provocada en alguna pelea con alguno de los jóvenes de la manada. Todos se reían de él, lo humillaban constantemente. El resto de cachorros tenían prohibido jugar con él. Los padres de Lolo iban siempre cabizbajos para no tener que enfrentarse a las miradas acusadoras del resto de miembros de la comunidad.

La situación era cada día más insoportable y finalmente Lolo tuvo que abandonar la manada. El terrible enfado de Lolo, cuando comenzó a adentrarse en el bosque, hacía que caminase con la cabeza muy alta y sacando pecho. Creía firmemente en sus razones para no considerar las enseñanzas de Kin y no llegaba a comprender cómo el resto de perros habían sido incapaces de entender sus razones. Lo que peor llevaba era la incomprensión de su familia y la de Ted, su mejor amigo, quien había claudicado a las órdenes de su padre y no había vuelto a jugar con él.

A medida que pasaban las horas, Lolo iba sufriendo los  fuertes embates de la soledad y del miedo. Se sentía perseguido y acosado por alimañas y fieras de todo tipo. Su nueva situación se alejaba bastante de la seguridad de la manada y comenzó a considerar que había extremado su rebeldía ante Kin y su familia al tratar el asunto del saludo.

Según avanzaba el tiempo, se iba convenciendo, cada vez más, de lo absurdo de su postura y, entonces, decidió volver a la manada con la esperanza de ser readmitido.

Lolo se presentó ante su padre y le suplicó su perdón, prometiéndole no volver a incordiar jamás con el asunto del saludo ni con ninguna otra cosa que pudiera avergonzarle. El resto de la manada, admitió sus disculpas y a partir de ese día, Lolo saluda siempre a otros perros tal y como le enseñó Kin.

Quizás algún día nazca algún Lolo con más suerte. Mientras tanto, y por absurdo que parezca, los perros seguirán oliendo culos.

Créditos de la imagen utilizada en este cuento: Diseñado por Freepik
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cuentos

La tela de la araña

Desde pequeña la araña había sido adiestrada para tejer su tela con maestría. El entramado de hilos de seda le servía para atrapar a sus presas y desplazarse a través de las finísimas líneas que trazaban su red. Atada a su propia seda, suspendida en el aire, podía volar como si se tratara de una mariposa, podía balancearse y llegar a lugares que de otra forma le estarían vetados.

La rapidez con la que era capaz de tejer su tela, le permitía iniciar una nueva red cada vez que lo necesitaba abandonando la anterior. Su vida nómada y con continuos cambios le permitían aprender cosas nuevas cada día, saborear nuevas presas y conocer otras arañas con las que intercambiar historias y compartir buenos momentos. Un día, en su habitual trashumancia, llegó hasta un viejo árbol con una enorme oquedad que se le antojó como el lugar ideal para montar un campamento.

Comenzó por inspeccionar el interior y, una vez dado el visto bueno al lugar, comenzó a tejer una enorme malla con la intención de tapar toda la apertura de entrada, sería una magnífica trampa para sus presas y un excelente cobijo para ella misma.

A medida que iba tejiendo su red, la araña se iba apasionando con su propia obra, veía como el entramado de hilillos era cada vez más tupido y sabía que hasta las mayores presas podrían acabar cayendo en su trampa. Un par de despistadas moscas, fueron las primeras presas en caer.

La trampa funcionó a las mil maravillas, en cuanto tocaron la seda quedaron atrapadas y sus desesperados intentos por huir, no hicieron más que enredarlas más en la pegajosa red. Luego fue una enorme mariposa la que se vio atrapada pero, en esta ocasión, la presa pudo escapar aún a costa de perder una de sus patas. Entonces la araña, reforzó el entramado de seda haciéndolo más fuerte y pegajoso. Las mariposas ya no podrían escapar. Instantes más tarde pasó un grillo y casi sin esfuerzo logró despegarse de los hilos de seda.

La araña, obsesionada con su nueva malla, dedicó un gran esfuerzo en hacerla más tupida, multiplicó el número de hilos que conformaban su red añadiendo capas y más capas de seda. La luz atravesaba con dificultades la tela. La araña ya no pensaba en cambiar de hábitat se había acomodado y el sedentarismo le resultaba muy placentero. A medida que iban cayendo más presas, la araña iba perfeccionando la tela. La tupida malla era tan resistente que hasta los pequeños roedores corrían peligro de ser atrapados.

Pronto se corrió la voz y todos los insectos conocían donde estaba el lugar prohibido, el lugar en el que una araña había hecho la trampa más mortífera que se había conocido en la comarca. Las presas cada vez más escasas y el instinto depredador de la araña le provocaron la necesidad de salir para buscar otro lugar donde tejer una nueva tela de araña. Intentó salir pero la red era tan tupida que se vio obligada a derrochar gran cantidad de energía en los intentos de abrirse camino.

Lo intentaba una y otra vez y el resultado era siempre el mismo. Cuando conseguía eliminar una capa de seda, ahí estaba la siguiente, no conseguía perforar la malla. La sensación de ahogo era cada vez más intensa, la idea de conseguir salir al exterior se difuminaba por momentos. La araña añoraba el sol, el aire, volar colgada de uno de sus hilos. Añoraba atrapar pequeños insectos de los que extraer su esencia. Maldijo su estúpido intento por cambiar su forma de vida, por haber confundido un simple tronco de árbol con un paraíso. La araña no volvió compartir momentos ni historias con otras arañas. La araña quedó atrapada para siempre en su propia trampa.

Créditos de la imagen utilizada en este cuento: Diseñado por Freepik
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cuentos

La mosca y la amapola

Andaba una mosca volando por una soleada esquina del jardín cuando, de repente, se percató de la presencia de una preciosa amapola. Sus pétalos, de un intenso color escarlata, rodeaban y protegían a unos preciosos estambres tintados de azabache.

La mosca empezó a notar sensaciones extrañas. Su corazón latía muy rápido y sentía que se ahogaba. No podía dejar de mirar a la florecilla y su vuelo se convirtió en torpe y descuidado. Como pudo, continuó volando hasta que, finalmente, se pudo posar sobre un poste de madera.

El impacto de la belleza de la flor sobre la mosca fue tan grande que desde entonces, no pudo pensar en otra cosa. Soñaba con ella por las noches y no podía alejarla de su pensamiento durante el día.

El respeto que sentía la mosca por la flor era tan grande, que no se atrevía a posarse sobre ella. No quería mancharla con sus peludas patas. Creía que el hedor que desprendía su cuerpo provocaría un sentimiento de rechazo en la florecilla. Solo de pensar en ello sumía a la mosca en una profunda tristeza. La mosca se había enamorado de la amapola.

La amapola, que se había percatado de las continuas incursiones de la mosca por su espacio, soñaba con la idea de mover sus pétalos y emular su vuelo. Admiraba el desparpajo con la que surcaba el aire; podía dejarse caer y volver a remontar, moverse a derechas e izquierdas, arriba, abajo, darse la vuelta.

Que triste era la vida de la amapola, ni siquiera podía dejar de mirar hacia arriba. No perdía la esperanza de que alguna vez la mosca llegara a posarse en sus pétalos.

Le preguntaría cómo era el suelo, qué había más allá del jardín, qué se sentía al volar. Pensaba que su efímera vida podría ser mucho más feliz compartiéndola con esa encantadora mosca. Pero ante la belleza del cielo, cómo iba a fijarse aquella mosca en una amapola tan inútil e infeliz. La amapola también se había enamorado de la mosca.

Ambas, se intercambiaban miradas, flirteaban con sus propios pensamientos, pero eran incapaces de mostrar signos que pudieran dejar al descubierto la necesidad que tenían la una de la otra. La mosca volaba alrededor de la amapola esperando alguna señal de invitación a posarse.

La amapola soñaba con que la mosca mostrase algún interés por acercarse y acariciar sus estambres. El miedo impedía que ninguna diera el primer paso. Mientras tanto, el amor que ambas sentían cargó sus vidas de un pesado sufrimiento.

En pocos días envejecieron. La mosca dejó de volar y murió sin conocer el tacto de la amapola. Los pétalos de la amapola se precipitaron al suelo pero no pudieron verlo. La naturaleza nunca perdonó sus miedos. La estupidez nunca tuvo recompensa.

Créditos de la imagen usada en este cuento: Diseñado por Freepik

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cuentos

Razón y Corazón

Razón y Corazón eran dos ratoncillos que vivían en un pequeño bosque a las afueras de la ciudad. En la madriguera, Razón siempre establecía las normas de convivencia, marcaba las estrategias para defenderse de los depredadores y enseñaba al resto de ratones normas básicas de cortesía para relacionarse entre sí.

El orden y la limpieza eran su razón de ser. Era previsor, le gustaba contar con una reserva suficiente de alimentos que paliara el hambre en los momentos de escasez. Tenía unas gafas redondas siempre limpias, estudiaba cada paso y costumbres de los felinos que les rodeaban y meditaba sobre la vida, la muerte, la libertad y sobre las leyes de la naturaleza. Nunca se preocupó de establecer relaciones con otros grupos de ratones, ni de organizar fiestas, de eso, se encargaba siempre Corazón. Cada minuto de su vida estaba planificado con antelación. El futuro podía leerse en su agenda.

Corazón era el contrapunto en la madriguera. Odiaba a los gatos. Amaba a las estrellas de la noche. Cuando veía una mariposa soñaba con volar. Se levantaba tarde todas las mañanas. Nunca preveía nada. No tenía agenda. Cuando veía una ratoncilla, su pequeño corazoncito latía tan deprisa, que tenía la sensación de ahogarse y morir. Le brillaban los ojos de alegría. Durante el día, y a veces también durante la noche, cantaba, bailaba, gritaba, lloraba, reía, jugaba. Nunca limpiaba la madriguera, ni ordenaba la despensa, ni sacaba la basura. De todo eso se encargaba siempre Razón.

Corazón era muy despistado, improvisaba constantemente. Vivía intensamente cada minuto del presente. Nunca pensaba en el futuro.

Una noche, mientras dormían, las paredes de la madriguera empezaron a temblar. Arena y piedras caían a su alrededor. Sus corazones dejaron de latir durante unos segundos y de repente apareció una gran cabeza frente a ellos.

Era una enorme lombriz, no les veía, pero si pudo olfatearlos y sentir su presencia. Razón, por precaución, no quiso hacer ningún ruido que pudiera alertar de su presencia, pero Corazón, cargado del atrevimiento que otorga la falta de razón, se lanzó a hablar y con voz temblorosa dijo: –Hola… ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Por qué destruyes nuestra guarida?

La lombriz, escuchó la voz de Corazón y, girándose hacia él respondió: -Disculpad, no quería molestar ni asustar. Soy una lombriz, y desde hace años ando buscando a Felicidad. ¿Sabes si está por aquí?

Corazón, que no había oído hablar nunca de esa tal Felicidad, se dirigió a Razón diciendo:

-Razón, ¿has oído hablar alguna vez de Felicidad?

Razón, tras recuperar el aliento, después del susto, dijo:

-No, nunca he oído hablar de ella. ¿Quién es? ¿Qué nos puedes contar de ella?

En ese momento, la lombriz les narró todo lo que sabía de Felicidad. También les dijo que aún no había encontrado a nadie que la hubiera visto, en cambio, había muchos que aseguraban tener algún conocido que sí la había visto.

Existían infinidad de leyendas urbanas que le otorgaban poderes mágicos a Felicidad. Podía abrir cualquier puerta, ver a través de las paredes, acabar con las guerras, el hambre y la pobreza. Incluso, había quien le otorgaba el poder de la eterna juventud y el de la cura de todas las enfermedades. Por ello, infinidad de animalillos del bosque, dedicaban sus vidas a buscarla.

A medida que la lombriz hablaba, Razón y Corazón se imaginaban a Felicidad como una ratoncilla hermosa, siempre sonriente, vestida como una princesa, de piel blanca, pelo esponjoso y suave y con unos preciosos ojos verdes.

Sin haberla visto, Corazón ya se había enamorado locamente de ella. La imaginaba pasional, divertida, sensual y alocada. Por el contrario Razón, consideraba que Felicidad debía ser ordenada, trabajadora, inteligente y que le ayudaría a resolver los problemas del día a día de una forma muy eficiente. Ambos ratoncillos expusieron sus pensamientos, se enfadaron mucho, discutieron y, unánimemente, decidieron separar sus caminos para ir en busca de Felicidad.

Razón, establecería su cuartel general en su guarida mientras que Corazón, siguiendo el impulso de sus sentimientos, se echó a la calle para buscar en el bosque.

Corazón buscaba por todas partes con la pasión que le caracterizaba. Se acercaba a cualquier ratoncilla que veía, flirteaba con ella y cuando descubría que no era Felicidad se entristecía e iniciaba una nueva búsqueda. Al cabo de unos días se percató de los peligros que corría en el bosque sin un hogar en que guarecerse. Entonces decidió buscar una madriguera para cobijarse.

Tras algunas semanas de trabajo observó que su destartalada y sucia guarida no tenía nada que ver con aquella que con tanta maestría había hecho su compañero Razón. Echaba de menos el orden, la limpieza, las normas. En definitiva echaba de menos a su amigo Razón. Se sentía solo. Dejó de bailar, ya no sonreía. En el cielo no veía estrellas sino oscuridad. Yacía en su maloliente lecho, sin apenas comer ni beber. Solo esperaba que Felicidad pudiera encontrarlo a él.

Razón, buscaba a Felicidad con la premeditación propia de su estilo. Analizaba con cuidado y meticulosidad a todas las ratoncillas que encontraba. Las sometía a diversos test, estudiaba los resultados y tras comprobar que no se trataba de Felicidad, volvía a iniciar la búsqueda. Su nueva vida era aburrida, sin sobresaltos, sin música, sin bailes, sin las fiestas que organizaba Corazón. Empezaba a sentir los efectos de la soledad. Cada vez anotaba menos cosas en su agenda, planificaba menos su trabajo y empezaban a aflorar algunos indicios de desorden en su vida.

Además, para intentar esconderse del recuerdo de su amigo Corazón, decidió cambiar de guarida. Comenzó a buscar por el bosque hasta que encontró una oquedad que le podría permitir hacerse un hogar a la medida de sus nuevas circunstancias. Se trataba de un agujero lleno de basura y escombros, pero le gustó el sitio y, aunque casi sin ganas, comenzó con las tareas de limpieza.

Cuando llevaba varias horas arrastrando piedras, hojas, ramas y algún que otro desperdicio más, observó un bulto en el fondo que parecía un animal muerto. Se acercó y vio que se trataba de su amigo Corazón. Aún respiraba. Estaba desnutrido y semiinconsciente. Razón, emocionado, utilizó todos sus conocimientos para reanimar a Corazón y, tras varios días de tratamiento, consiguió recuperarle.

Razón se había olvidado de la búsqueda de Felicidad y Corazón ya no la recordaba. Ambos volvieron a su antigua guarida. Razón volvió a programar sus tareas y su agenda volvió a marcar los minutos de su futuro. Las normas volvieron a hacer acto de presencia en su vida. Corazón volvió a cantar y bailar, seguía levantándose tarde, no hacía nada en la guarida, pero conseguía divertir a Razón, viviendo intensamente y con pasión cada minuto de su presente. Jamás volvieron a ocuparse de Felicidad.

Créditos del autor de la imagen utilizada en este cuento: Diseñado por Freepik
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La vaca y el «lidiano»

Clotilde era una joven y hermosa vaca de colores blanco y negro. Para unos su piel era blanca con manchas negras, para otros, negra con manchas blancas.

Era hermosa y de gran envergadura. Nunca pasaba desapercibida. Nadie podía evitar girar la cabeza a su paso. Sus ojos, grandes y de un intenso color negro azabache, se clavaban en todo aquello que mirase. Sin duda era la vaca más hermosa de la comarca y no había becerro que no se sintiera atraído por su belleza.

Los padres de Clotilde estaban muy orgullosos de ella y aprovechaban cualquier ocasión para presumir de hija. En la granja, en la que vivían, trabajaba toda la familia. El padre y la madre se encargaban de las tareas de mayor responsabilidad, así como de coordinar la labor de otros toros y vacas que contrataban para realizar trabajos puntuales.

La granja se sustentaba por la cría de hombres, a los que domaban y domesticaban desde su nacimiento hasta que adquirían una edad y un peso apropiados para la venta. Los hombres, una vez domesticados, presentaban una gran capacidad para trabajar, eran mañosos y aprendían con gran velocidad. La posibilidad de andar erguidos sobre sus patas traseras y la de poder utilizar las manos como elementos prensiles, les otorgaban una extraordinaria versatilidad a estos animales.

Aunque todos podían ser utilizados para cualquier tarea, los hombres eran especialmente útiles para ejecutar las labores más duras de la granja mientras que las mujeres -hembras de esta especie- destacaban en el cuidado de los becerrillos. El negocio estrella de la granja era la cría de «lidianos» u «hombres de lidia».

Los «lidianos» eran entrenados desde muy jóvenes para la lucha cuerpo a cuerpo contra los toros. Se les sometía a un duro entrenamiento de resistencia y elasticidad. Las zonas destinadas a dicho entrenamiento eran grandes extensiones de terreno perfectamente acotado para evitar que escaparan.

Desde muy pequeños los «lidianos» eran sometidos a los tentaderos que consistían en aplicar ciertos castigos para inculcarles el odio hacia los toros, y de esta forma, propiciar grandes tardes de lidia. Para inocular este odio, un grupo de jóvenes y fuertes toros ataviados con protecciones en sus astas, para no herir de gravedad a los «lidianos», se adentraban en sus hábitat y se dedicaban a perseguirlos.

Los «lidianos» corrían todo lo deprisa que eran capaces para protegerse, pero siempre alcanzaban golpes y pisoteos por parte de alguno de los atacantes. Los tentaderos, a los que eran sometidos los «lidianos», propiciaban el desarrollo de una gran esbeltez y belleza.

Marcelo, era un «lidiano» precioso, con un cuerpo de perfección griega, fibroso, de tez morena y ojos grises. Era fuerte, ágil y muy valiente. Tenía la misma edad que Clotilde, no en vano, habían jugado juntos en la infancia. El padre de Clotilde la solía llevar a los tentaderos para que fuera iniciándose en el bello arte de la lidia.

A Clotilde no le gustaban los castigos a los que eran sometidos los «lidiano», pero le encantaba ir para ver a Marcelo. Su belleza le había impactado desde jovencita y cada vez que lo veía le gustaba un poco más. Clotilde no llegaba a entender ese sentimiento confuso hacia Marcelo, al fin y al cabo, no era más que un simple «lidiano», por esa razón nunca había confesado su secreto a nadie, pero lo cierto es que le costaba alejar a Marcelo de sus pensamientos.

Cuando se acercaban las fiestas de la comarca, la granja era un ir y venir de toros y vacas que deseaban comprar «lidianos» para sus luchas locales. Los «lidianos» eran vendidos a precios que variaban según sus condiciones físicas.

Marcelo era un ejemplar que no se podía permitir cualquiera. Una tarde apareció por la granja un comprador de «lidianos» de la capital y, en esta ocasión, sí que pudo comprar a Marcelo. El comprador invitó a la familia de Clotilde a presenciar la lidia de Marcelo. Clotilde nunca había asistido a una tarde de lidia y no sabía en qué consistía.

Cuando llegó el día, ella y sus padres se colocaron en las gradas que les asignaron la plaza. Desde sus butacas veían perfectamente el coso circular. Llegadas las 5 de la tarde, sonó un pasodoble y, acto seguido, aparecieron los toros y ayudantes que participarían en la lidia. Eran tres toros imponentes, grandes, fuertes, con unas astas muy afiladas.

Los tres toros lidiadores se acercaron, al lugar en el que se encontraba el presidente y organizador de la lucha, para saludar y brindarles los «lidianos». El ambiente era impresionante, todos los toros y vacas allí presentes gritaban y vitoreaban a los lidiadores. Cuando desaparecieron, la plaza silenció. A la derecha de Clotilde, había una especie de callejón por la que los «lidianos» accedían al coso. El primero de la tarde, fue Marcelo que salió totalmente enfurecido tras haberle clavado un lazo en su espalda con una cuchilla que por su forma impedía su extracción.

El primer toro lidiador le esperaba en el centro de la plaza ataviado con unas protecciones en las astas, similares a las que Clotilde ya había visto en los tentaderos. Cuando Marcelo se acercó, el toro arrancó con fuerza hacia él con la idea de propinarle un cabezazo, pero en el último instante, Marcelo saltó por encima y evitó el encontronazo.

La muchedumbre de la plaza vibraba y gritaba ¡Ole! ¡Ole!… Después de varias persecuciones del toro, y de sus ayudantes, a Marcelo por toda la plaza, éste ya empezaba a notar cierto cansancio. Tras el primer tercio, que así se llamaba cada una de las tres partes en las que se dividía la lucha, sonó de nuevo, el pasodoble y el toro y sus ayudantes desaparecieron del coso.

Marcelo pudo tomarse un respiro, pero ya mostraba síntomas de cansancio junto a alguna magulladura provocada por las caídas. Clotilde estaba orgullosa de la fortaleza mostrada por Marcelo. Las vacas y toros del público alababan la belleza de Marcelo y ensalzaban su fuerza y agilidad.

En el segundo tercio, tres de los ayudantes del toro lidiador, saltaron a la plaza y fueron arrinconando a Marcelo contra las vallas que delimitaban el coso. Cuando éste no tuvo escapatoria iban embistiéndole uno a uno propinándole fuertes cabezazos en todas las partes del cuerpo con el objetivo de cansarle y hacer perder fuerza.

A Clotilde, este juego empezaba a no gustarle y comenzó a sentirse incómoda. Marcelo estaba extenuado, presentaba síntomas claros de debilidad. Ya no saltaba con la agilidad del principio y sus gestos mostraban el dolor que sentía en casi todas las partes de su cuerpo. Se dolía de alguna costilla rota y tenía un ojo tan hinchado que apenas podía ver por él. Volvió a sonar el pasodoble y los toros, de la cuadrilla del lidiador, se retiraron.

Marcelo, se aproximó al lugar en que se encontraba Clotilde. Ésta, pudo ver el miedo en su mirada, pudo sentir el dolor en su expresión. No hubo palabras pero sí mensaje. Marcelo pedía clemencia en silencio.

El último tercio de esta macabra fiesta, comenzó con la salida a la plaza del toro lidiador, pero esta vez, sin las protecciones en sus astas. Cada una de ellas estaba perfectamente afilada. A Clotilde se le paró la respiración. El toro se lanzaba una y otra vez hacia Marcelo, y éste, cada vez respondía con menos fuerzas.

Clotilde presagiaba lo peor. Temía seriamente por la vida de Marcelo y no entendía cómo alguien podía divertirse con un espectáculo como ese. La respiración de Clotilde era cada vez más acelerada, y su corazón latía cada vez más rápido. De repente, perdió el conocimiento, pero la muchedumbre estaba tan excitada con el espectáculo que no se percataron de ello.

Marcelo tenía un par de costillas rotas así como su tobillo derecho y eso, le impedía correr, en alguna ocasión tuvo que poner su rodilla derecha en el suelo. No podía soportar el dolor. La vista empezó a nublarse y apenas podía distinguir el bulto negro que representaba su verdugo.

El público comenzó a silbar y a reprochar la escasez de fuerza del «lidiano». Finalmente, la debilidad hizo que Marcelo se arrodillara en medio de la plaza mirando hacia el suelo. Este era el momento cumbre de la fiesta.

El toro, miraba firmemente al «lidiano», se colocaba justo frente a él. La distancia estaba cuidadosamente medida. El toro arrancó a correr. En ese momento Marcelo levantó la mirada y abrió sus brazos en cruz.

El asta derecha del toro se introdujo por debajo del esternón y se abrió camino hacia el corazón atravesándolo por completo. El cuerpo del «lidiano» yacía sobre la cabeza del toro.

Clotilde recobró el conocimiento en ese momento y vio lo ocurrido. No daba crédito al dantesco espectáculo de la lidia. Nunca más vería a Marcelo y nunca olvidaría cómo le suplicó por su vida en sus últimos minutos. Sintió vergüenza de su especie y nunca entendió qué había de divertido en ver la tortura y la muerte de un ser vivo cuyo único pecado había sido el de ser un bello ejemplar de hombre.

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El jilguero enjaulado

El amanecer en la granja, en los albores de la primavera, era una fiesta de la naturaleza. La crudeza del invierno dejaba paso a un magnífico despliegue de colores. Las incipientes florecillas recubrían, a modo de manto, todo el paisaje.

El nacimiento de Pispi y Tino, dos polluelos de jilguero, no podía haber acaecido en mejor momento. La primera en provocar la eclosión del huevo, en el nido alojado en el interior de la jaula, fue Pispi. Cuando apareció su cabeza por encima del cascarón, la madre no pudo evitar las lágrimas. Unos minutos después Tino, el que sería el jilguero más apuesto de la jaula, comenzó a romper su cascarón.

Papá jilguero no cabía en sí. Por fin, este año, podría presumir de su primer hijo varón. La vida en la jaula era perfecta. Cada mañana el granjero la limpiaba, llenaba los comederos y bebederos, y la colocaba en un lugar del jardín en la que los pájaros de su interior podían elegir recibir el sol directamente o cobijarse en la sombra. El interior de la jaula contaba con un recipiente que el granjero llenaba de agua limpia cada día y servía para que todos los pajarillos pudieran lavar sus plumajes.

La jaula, de gran tamaño, hospedaba a más de 20 ejemplares de pájaros de distintos tipos y tamaños. Los pajarillos se encontraban muy seguros en el interior de la jaula. Sus barrotes les protegían de gatos, perros y milanos. Los pájaros tampoco tenían que preocuparse de la recolección de semillas para comer ni de encontrar ningún charco o riachuelo para calmar su sed. De todo esto, se encargaba el granjero. Mientras los días eran buenos colocaba la jaula en el jardín y la tapaba durante las noches. En épocas de frío o lluvia, la jaula permanecía en el interior de la casa.

Pispi, era traviesa y un poco alocada, por el contrario, Tino era fuerte y tranquilo. Cuando alcanzaron la madurez, en un día soleado en el que la jaula estaba en el jardín, el granjero, por error, se dejó una de las puertas de la jaula abierta. Cuando Pispi se percató del hecho, voló hacia Toni y le dijo:

–¿Has visto eso, hermano?

–¿Qué? –Dijo Toni.

–La puerta de la jaula está abierta. –Comentó Pispi.

–Es cierto, pero no te preocupes, en cuanto el granjero se percate de ello la volverá a cerrar y todos estaremos a salvo de nuevo. –Comentó Toni.

–¿Por qué no salimos, Toni? –Dijo Pispi.

–¿Acaso te has vuelto loca hermanita? ¿Tú sabes cuantos peligros hay en el exterior? ¿Sabríamos cómo encontrar la comida y el agua? ¿Dónde dormiríamos? –Increpó Toni.

–No sé, Toni, pero… ¿Tú has visto todo lo que hay fuera? ¿Te has fijado en las montañas que tenemos enfrente? ¿No estás cansado de tanta monotonía? Aquí nunca ocurre nada. No se me ocurre un lugar más aburrido que este. Nacemos, nos crían, escuchan nuestro canto y, finalmente, morimos. ¿Acaso es ésta tu idea sobre la felicidad? –Comentó Pispi mientras miraba fijamente a los ojos de Toni.

–Pispi, ¿ya estás otra vez con tus papanatas? Por favor, déjalo ya y no hagas ninguna tontería. –Dijo Toni con cierto tonillo de enfado.

–Bueno Toni, yo me voy. ¡Adiós!

Tras decir esto, Pispi agitó sus alas, saltó hacia la puerta, miró durante unos segundos a Toni y levantó el vuelo hacia su libertad. Toni no salía de su asombro, sintió tanto miedo que no pudo hablar durante varios minutos. Cuando recobró algo de aliento, le contó a sus padres lo sucedido. A los pocos minutos todos los pájaros de la jaula estaban consternados por la locura de Pispi.

Su madre, no paró de llorar en varios días. Todos los pajarillos la daban por muerta. Los días fueron pasando sin noticias de Pispi. Toni, no perdía la esperanza de volverla a ver algún día, así podría contarle cómo se vivía en el exterior.

La vida en la jaula se hizo cada vez más triste y aburrida. Los días iban pasando inexorablemente y nunca se producían acontecimiento ni tristes ni alegres. Cada día se convertía en una réplica del día anterior.

Toni comenzó a desear que el granjero volviera a dejarse la puerta abierta y así probaría a salir. Sabía que en el exterior los depredadores intentarían acabar con su vida, pero al menos eso sí sería emocionante y sobre todo diferente. A veces cerraba los ojos y se imaginaba huyendo de un milano en pleno vuelo. Su corazón se aceleraba, sentía miedo, pero, en el fondo, disfrutaba de la huida. Pasaron meses y todo seguía igual.

Toni envejecía y sus fuerzas disminuían día a día. El granjero no volvió a dejarse la puerta de la jaula abierta.

En una mañana de verano, una joven hembra de jilguero se acercó a la jaula desde el exterior y se posó en uno de los barrotes. Los jilgueros jóvenes de la jaula se acercaron a ella y le preguntaron: –¡Hola! ¿Cómo te llamas?

La jilguerilla dijo. –Me llamo Pispi, como mi madre.

Cuando Toni oyó esto, se emocionó tanto que su débil corazón no pudo resistirlo y cayó inerte sobre el suelo de la jaula. Por fin ese día fue distinto.

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Las «ovejaslobo»

El rebaño de ovejas pastaba siempre en el mismo prado. Anselmo, el pastor, y sus tres perros, Flin, Loco y Astuta, se encargaban de la seguridad del grupo. La peor de las amenazas venía de las montañas. A veces aparecía el lobo que con su inteligencia y estrategia traía de cabeza a Anselmo.

Los perros, fuertes y obedientes, seguían las instrucciones de éste y en las más de las ocasiones solo se perdían un par de cabezas de ganado. Los ataques, en este y otros rebaños, se producían siempre por sorpresa, ni pastores, ni perros, ni las propias ovejas eran capaces de preverlos.

En una época en la que los lobos se mostraban especialmente activos los pastores se reunieron para tratar de establecer algún tipo de estrategia encaminada a evitar más pérdidas de ganado. Hablaron largo y tendido mientras los perros, los favoritos de cada pastor, descansaban tumbados junto a sus amos.

Los pastores mostraban sus respectivos enfados y espetaban amenazas, pero había una idea común en todos contertulios. Todos hablaban de la gran inteligencia de los lobos y de lo torpes que eran las ovejas.

¡Qué pena que las ovejas no se parezcan a los lobos! -Decía uno de ellos.

Cuando finalizó la reunión, Anselmo volvió a su rebaño acompañado de Astuta. Ésta se encargó de contar a Flin y a Loco todo lo que habían hablado los pastores en la reunión y cómo le había llamado la atención el comentario sobre la inteligencia del lobo. Tris, la oveja más anciana del rebaño, oyó con atención todo lo que Astuta decía a sus colegas y, dado que siempre moría alguna oveja y nunca un lobo, admitió que los pastores estaban en lo cierto.

Tris comenzó a darle vueltas a esa idea y quiso tomar medidas. Reunió a todas las ovejas y expuso lo que había oído comentar a los perros y concluyó en que la solución a todos sus problemas radicaba en actuar como lobos. El eslogan de su mitin era «¡Seamos como ellos!» Las ovejas siguieron ciegamente los consejos de Tris y se crearon grupos de estudio sobre el comportamiento de los lobos.

En el siguiente ataque Tris fue la única víctima de la piara. Este fue un duro golpe para el rebaño. Tris era algo así como la oveja madre, la que lideraba cualquier movimiento o reivindicación. Su muerte la convirtió en una oveja mártir. Este quizás fue el detonante que las ovejas necesitaban para convertir en un movimiento real lo que había sido hasta entonces un conjunto de buenas intenciones.

Para parecerse a los lobos, las ovejas nunca se separaban del resto, siempre pastaban o paseaban junto a otras, en equipo. Como observaron que el arma utilizada por sus depredadores era su afilada dentadura de carnívoro, las ovejas comenzaron a afilar sus dientes utilizando finas piedras que los desgastaban por los bordes y los dejaban en forma de triángulo lo que posibilitaba ser clavados en la carne tal y como lo hacen los colmillos de los cánidos.

Para practicar sus nuevas aptitudes, las ovejas, siempre en grupos, arremetían contra otros animalillos a los que acorralaban y mordían hasta provocarles la muerte. Poco a poco, el gusto por la sangre fue haciendo acto de presencia en la piara e incluso, ya se veía alguna oveja que ingería la carne de sus presas.

Las ovejas del rebaño comenzaron a autodenominarse «ovejaslobo» Los lobos, que vieron la transformación que habían sufrido las ovejas de ese prado, no volvieron a atacar nunca más ya que temían el enfrentamiento y ser devorados por ellas. Por el contrario, las ovejas, que comenzaron a ser muy agresivas, peleaban entre ellas cada vez con mayor virulencia. Raro era el día en que no aparecía una oveja herida o muerta. Los perros tenían que andar con cuidado y tampoco se libraban de los ataques.

Anselmo, no sabía cómo controlarlas. Ya no le eran útiles y temía por su propia seguridad y por ello optó por dejarlas en libertad y no volver a encargarse de ellas. Las «ovejaslobo» se adentraron en las montañas y se dedicaban a cazar todo tipo de presas, se cuenta que incluso llegaron a saquear las granjas de la comarca.

Fueron perseguidas y se las consideraba muy astutas y peligrosas ya que, al igual que hacían los lobos, actuaban siempre en grupos perfectamente dirigidos. En épocas de escasez o cuando se producían peleas mortales entre «ovejaslobo» la ganadora terminaba por comerse a la víctima compartiendo su presa con el resto de «ovejaslobo» de su grupo.

Los niños aprendieron a temer a las ovejas, los hombres las perseguían como apestadas. En lugar de su lana se perseguía el trofeo de su cabeza colgada en una pared. Las propias ovejas se temían entre sí. Por desgracia para ellas, las ovejas habían dejado de ser ovejas.

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Los «yoquiero» y los «yopuedo»

El bosque estaba plagado de animalillos de todas las especies. Unos corrían, otros volaban, otros se arrastraban con cierta gracia, otros se picoteaban.

Una de las especies más abundante en el bosque era la de los «yonoquiero» que se caracterizaba por tener un cuerpo peludo y limitado en sus movimientos. Apenas eran capaces de hacer algo más que comer y dormir. Tenían algunas tareas asignadas, pero las ejecutaban con desgana.

Para los «yonoquiero» todo estaba mal, el mundo era un lugar inhóspito en el que la mayoría de los animales vivía para trabajar y comía para no morir. Siempre estaban enfadados y esperaban que, tal y como les habían contado sus padres generación tras generación, algún día cayera del cielo algún «yonoquiero» salvador que les permitiera vivir felices durante el resto de sus vidas.

Una especie muy similar era la de los «yonopuedo». Estos se parecían mucho a los «yonoquiero», no en vano, se sabía que ambas especies tenían un origen común, pero los «yonopuedo» habían evolucionado algo más. Su constitución física, con mucho menos pelaje, les permitía mostrar sus carencias y, de esa forma, el resto de animalillos podía apreciar con claridad sus dificultades. Se habían especializado en la explotación de sus propias carencias y muchos de ellos se aprovechaban de su propia incapacidad. También esperaban que algún día cayera del cielo un «yonopuedo» especial que les arreglara todos sus problemas.

A los  «yonosé» se les conocía como a los «profesionales de la ignorancia», como no sabían, no tenían que hacer. Para eso ya estaban los  «yosé». Los «yonosé» no hacían nada para no romper, para no retrasar a los demás, para no cansarse… Esperaban que del cielo cayeran muchos «yosé» que les facilitaran la vida eternamente.

Los «esque» eran unos animalillos muy curiosos. Eran ágiles y muy hábiles encontrando excusas para no tener que afrontar ninguna tarea. Además, tenían un don especial para que nadie se diera cuenta de sus propias debilidades.

Para los «esque» el mundo era un lugar mal gestionado por los demás y siempre había un culpable o responsable de los problemas que acaecían a su alrededor. Antes de que se les pudiera cuestionar cualquier falta de iniciativa, se adelantaban con un impetuoso ataque. Para los «esque» la mejor de las defensas era un ataque anticipado. Un día, caería del cielo un «esque» salvador que les traería «la excusa de todas las excusas».

Los «ysi» eran una especie muy pesimista, y antes de tomar una decisión le daban una y otra vuelta sin parar hasta que finalmente le encontraban algún defecto que justificaba no tomarla. Eran amigos de la perfección y enemigos de lo simplemente bueno y creían que algún día llegaría desde el cielo un «ysi» que solucionaría todos sus problemas

Los «yopuedo» eran unos animalillos muy especiales. Estaban siempre atentos a todos los fenómenos que se producían en el bosque. Nunca se ocupaban de criticar a nadie. Eran optimistas y estaban encantados con sacar a pasear a la luna todas las noches sin descanso ni tregua.

Por otra lado y con una actitud muy parecida estaban los «yoquiero». Estos tenían la misión de sacar el sol cada mañana y resguardarlo cada noche.

Gracias a los «yopuedo» y a los «yoquiero» el resto de animalillos del bosque podían disfrutar del día y de la noche. Para los «yoquiero» y los «yopuedo» lo único que caía del cielo era la lluvia.

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El burro Camilo

Camilo era un burro fuerte y de buenas maneras, su particular labia le había permitido ganarse el respeto del resto de animales de la comarca. Sin habérselo propuesto, y sin tener mucho más que aportar a la comunidad, se había convertido en el líder de la manada.

Todos los animales trabajaban en sus hogares, en las arboledas, en las huertas o en el interior de los bosques. Algunos recogían bayas y frutos secos, otros raíces y hierbas medicinales, otros, como las gallinas producían huevos y las vacas leche. Todos estos productos eran intercambiados en el mercadillo semanal y, de esta forma, quedaban cubiertas las necesidades de todos los habitantes de la comunidad.

El trueque era la forma de economía establecida en la comarca y cada producto era intercambiado por otro al que se le otorgara el mismo valor. El esfuerzo necesario o la dificultad requerida para conseguir cada mercancía era lo que establecía el criterio de asignación de valor. A veces, cuando los valores no coincidían, se hacía difícil el intercambio de cosas y eso provocaba que algunos de los distintos animales tuvieran que recolectar grandes cantidades de un bien de poco valor para poder intercambiarlo por una pequeña cantidad de un bien de gran valor.

Calixto era un precioso ejemplar de zorro y, aunque no tenía ninguna utilidad práctica para la comunidad, se percató del problema que generaba el trueque y gracias a su astucia e inteligencia fue capaz de ingeniar una forma de evitar el problema anterior. Dado que Camilo era el líder de la manada, Calixto sabía que si lo convencía a él toda la comunidad terminaría por aceptar cualquier propuesta. Se reunió con Camilo y le expuso su proyecto para simplificar las transacciones. Se trataba de eliminar el concepto de valor para sustituirlo por el de precio y para ello inventó un elemento de intermediación que denominó moneda.

Cada producto del mercadillo tendría un precio en monedas, así por ejemplo, a un huevo se le podría asignar un precio de una moneda mientras que un litro de leche se le asignaría el precio de dos monedas.

Un kilo de bayas podría tener un precio de cuatro monedas y así, todos y cada uno de los productos del mercadillo. Hacerlo de esta forma, evitaría que los animales tuvieran que preocuparse por el momento en que debían adquirir productos ya que bastaría con cambiarlos por el precio dispuesto en monedas.

Para comenzar, Calixto se comprometió a proporcionar las monedas y le entregaría, a cada uno de los animalillos, 100 unidades a cambio de que le devolvieran dicha cantidad transcurrido un año junto a un interés del 10%, es decir, cada animalillo debería devolver 110 monedas.

Camilo se dejó convencer por los argumentos de Calixto y convocó a toda la comunidad a una reunión para exponerles el proyecto de las monedas y su implantación inmediata. Cada uno de los presentes recibió una bolsa con 100 monedas a cambio de firmar un contrato por el que se comprometían a devolverlas en un año junto al interés pactado.

Pronto los miembros de la comunidad se dieron cuenta de lo cómodo que resultaba el uso de las monedas. Cada animal podía comprar productos sin necesidad de tener que aportar nada a cambio en ese momento salvo el número de monedas correspondiente al precio de lo comprado.

Poco antes del vencimiento del primer año los animalillos se dieron cuenta de que no habían sido capaces de reunir más de 100 monedas cada uno y, por tanto, no podrían devolver las 110 pactadas. Hablaron con Camilo y le expusieron el problema y este, que también tenía el mismo problema, les prometió intermediar con Calixto para resolverlo.

Cuando llegó el día en que se cumplía un año desde que los animalillos recibieron sus 100 monedas, Calixto se dirigió a la comarca y se entrevistó en primer lugar con Camilo. Éste le expuso el problema y el zorro, muy hábil como de costumbre, propuso una solución. Recogería las 100 monedas de cada uno de los miembros de la comunidad y les propondría un nuevo préstamo de otras 100 en las mismas condiciones que las anteriores, aunque, esta vez, él se cobraría las 10 adeudadas. Al burro Camilo le pareció una buena salida y reunió a todos para transmitirles la bondad de la propuesta de Calixto.

Todos los animales aceptaron de buen grado por la confianza que tenían en Camilo. Esta vez recibieron 90 monedas a cambio del compromiso de devolver 110 al finalizar el año. En fechas próximas al vencimiento de este nuevo contrato, los animalillos se dieron cuenta de que no eran capaces de conseguir reunir más que 90 monedas y volvieron a plantear el problema a Camilo el burro. Como él también lo tenía, les prometió que intermediaría con el zorro para darle una solución. Una vez más Calixto les propuso renovar el crédito de 100 monedas descontando 20 adeudadas.

Ahora todos los miembros de la comunidad tendrían 80 monedas a cambio de una deuda de 110 al finalizar el año. Este proceso se repitió durante los siguientes años hasta que finalmente la comunidad no recibió ninguna moneda a cambio de tener que devolver las 110 pactadas.

Ante esta nueva situación Calixto propuso, como fórmula para condonar la deuda y poder renovar el contrato de préstamo, que cada individuo de la comunidad le cediera su hogar y así fue como el zorro, el único animal incapaz de aportar ningún valor a la comunidad, se hizo con todos los bienes de la misma y, por extraño que parezca, con el consentimiento del burro de Camilo.

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El bosque del tiempo

El bosque del tiempo era inmenso, casi infinito, nadie recordaba haber visto sus límites y las leyendas sobre lo que ocurría si se cruzaban sus fronteras eran tan fantásticas como extraordinarias.

Unos argumentaban que la felicidad estaba fuera del bosque, otros que las desgracias estaban garantizadas si se cruzaba al más allá.

En su interior habitaban tres especies de animalillos: los pasado, los presente y los futuro.

Los pasado formaban parte de una especie muy longeva que durante miles de años habían atesorado grandes cantidades de conocimiento. El componente principal de su dieta eran los errores: plantas de alto valor nutritivo que les facilitaba el flujo sanguíneo hacia el cerebro, lo que les permitía la retención de gran cantidad de conocimientos en su memoria.

Por contra, los presente eran una especie muy efímera, apenas duraban un instante y eran la otra gran fuente de nutrientes en la dieta de los pasado. Los presente eran engullidos constantemente por estos depredadores naturales.

Los presente vivían como parásitos sobre el lomo de los pasado y, de esta manera, además de ocultarse a su vista, chupaban su sangre y obtenían un nutriente fundamental en su dieta: el miedo.

Gracias a este alimento, los presente adquirían la cautela necesaria a la hora de tomar decisiones, pero su exceso, provocaba parálisis en sus cerebros y, con ello, perdían toda capacidad para decidir.

Para evitar este trastorno, los presente debían nutrirse de los futuro, de los que obtenían atrevimiento que, además de neutralizar los efectos del miedo, producía una nueva sustancia denominada riesgo, que convertía sus efímeras vidas en un instante rico en pasión y divertimento.

Cuando los futuro eran abundantes, los presente vivían intensamente cada porción de su instante.

La dieta de los futuro se basaba únicamente en la ingestión de ilusión que debidamente mezclada con el miedo y el atrevimiento proporcionaba a los presente la dosis adecuada de un nuevo compuesto: la esperanza.

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Bimba, la cervatilla maltratada

Bimba estaba siendo educada por sus padres para ser una buena cierva. Sus progenitores la protegían y siempre estaban pendientes de sus actos, de sus comentarios y de sus amistades. Supervisaban sus progresos en el colegio y la maestra siempre elogiaba a Bimba por su inteligencia y por el tesón que ponía en la realización de las tareas diarias. Era previsora y ayudaba a todos sus compañeros. Se le auguraba un fantástico futuro.

El cariño con el que trataba a todos los que la rodeaban y su particular simpatía, hacían que Bimba no pasara desapercibida para nadie. Bimba sabía escuchar a los demás y siempre tenía una frase amable para todo el mundo.

Lucano era un cervatillo solitario que en el colegio destacaba por su escasa afición al estudio. Rara vez hacía los deberes y jamás había sido capaz de aprobar un examen.

La maestra pensó que Bimba podría echarle una mano para reconducir la actitud de Lucano y habló con ella para proponérselo. Bimba aceptó y a partir de ese día ambos se sentarían en pupitres contiguos y así harían juntos los deberes. Pronto se vieron los resultados. Lucano comenzó a interesarse por el estudio y su nivel de conocimientos aumentó sensiblemente.

El padre de Lucano no mostraba ningún interés por los estudios de su hijo, en realidad, no mostraba ningún interés por nada que tuviera que ver con Lucano. Bebía hasta emborracharse cada día y, cuando Lucano llegaba a casa, descargaba en él toda su ira y sus miedos. Por desgracia, la madre de Lucano había fallecido cuando él era apenas un bebé y, por tanto, no tenía a nadie que pudiera defenderle.

Cuando Bimba se enteró de esto, sintió una gran lástima por Lucano y, a diario, le invitaba a quedarse en su casa hasta que se llegaba la noche. De esta forma, cuando Lucano regresaba a su hogar, encontraba a su padre durmiendo la borrachera y evitaba sus insultos y maltratos.

Compartir tanto tiempo juntos hizo que Bimba empezara a ver a Lucano de manera diferente. En todo momento pensaba en él. Si algún día Lucano no aparecía por el colegio, o no iba a verla por las tardes, Bimba se entristecía y preocupaba. Por otro lado el trato que Lucano recibía de Bimba habían hecho mella en su corazón. Los cervatillos se estaban enamorando.

Pronto los juegos inocentes dejaron paso a roces y caricias y en poco tiempo llegó el primer beso. Para ambos todo esto era nuevo. Cuando estaban juntos sentían unos agradables cosquilleos en sus vientres.

La forma de ver sus mundos estaba cambiando y los cuerpos de Bimba y Lucano empezaron a hablar por sí mismos. Cada roce invitaba al siguiente y cada beso les hacía sentir que volaban. De repente todos sus miedos desaparecieron y se vieron envueltos en un maravilloso juego de amor que les hizo estallar en su interior un extraordinaria traca de fuegos artificiales. Ambos quedaron exhaustos tumbados en el suelo y mirándose. Finalmente llegó la noche y partieron para sus casas.

La experiencia les gustó tanto, que cada vez que se veían a solas, volvían a repetirla. Los dos jóvenes cervatillos no podían creer que tanta felicidad fuera posible. Ya no imaginaban el mundo el uno sin el otro. Un día Bimba se sintió mal, estaba mareada y vomitaba con frecuencia. Su madre intuyó lo que estaba pasando y, preocupada, le preguntó acerca de su relación con Lucano. Bimba le confesó lo que hacían y ambas se abrazaron llorando. Lo malo aún estaba por llegar.

El padre de Bimba era un ciervo muy conservador y un poco chapado a la antigua. Ambas sabían que no se vendría a razones. Él solo deseaba lo mejor para su hija, quería que estudiase, que fuera una cierva importante y que encontrase un ciervo apuesto y de buena estirpe con el que crear una familia de bien. Cuando llegó el padre, la madre expuso la situación. Entró en cólera, no podía creerse lo que estaba oyendo. No entendía cómo su hija podía echar a perder su vida de esa manera. ¿Qué pensarían sus familiares y amigos? ¿Cómo podrían explicar algo así?

Finalmente, el padre optó por no dejar salir a Bimba hasta que no diera a luz y, de esta manera, ocultarle al mundo su vergüenza. Cuando Lucano se enteró de lo sucedido se desplazó hasta el jardín de la casa de Bimba para poder verla, solo quería estar cerca. Ella no dejaba de llorar durante el día y la noche. Estaba enfermando, apenas comía y a él se le rompía el corazón. Lucano ideó un plan para acabar con el martirio de Bimba. Le prendió fuego a unas ramas cercanas a un granero y empezó a gritar -¡F U E G O! ¡F U E G O!

De esta forma consiguió que los padres de Bimba salieran de su casa alarmados y, mientras apagaban el fuego, entró en la casa, se cargó a hombros a la joven cervatilla. Corrió hasta agotar todo su aliento. Bimba recobró la alegría y ambos caminaron juntos sin tregua hasta que llegaron a un paraje del bosque que les pareció un bonito lugar para crear su propio hogar.

En pocos meses, la barriga de Bimba había crecido sensiblemente. Llevaba más de 240 días de gestación y el parto se barruntaba cercano. Caminaba con dificultades y se cansaba rápidamente. Lucano aprovechaba las paradas para afilar sus cuernas contra los árboles. Estaba preparado para protegerla del ataque de cualquier fiera o alimaña.

Durante una noche de verano Bimba parió un precioso cervatillo a la que llamaron Luno por haber nacido bajo una intensa luna llena.

A partir de ese momento, todas las atenciones de Bimba irían dirigidas hacia el nuevo miembro de la familia, mientras tanto, Lucano se encargaba de realizar todos los trabajos: buscaba comida, recogía troncos de madera y ramas secas para poder hacer fuego y recolectaba hierbas y bayas para que Bimba comiese y amamantase a Luno.

Apenas había contacto físico en la pareja. El parto había dejado malherido el cuerpo de la cierva. Cada día se encontraba más débil y poco a poco su luz se fue apagando. Finalmente, tras el destete de Luno, Bimba, ya sin fuerzas, suspiró y dejó que su alma abandonara su cuerpo para siempre.

Lucano no podía creer lo sucedido, se autoinculpaba por la pérdida de Bimba. Los sentimientos hacia su hijo se vieron afectados, comenzó a verlo como un cervatillo inútil y la causa de todos sus males. Las riñas eran cada vez más frecuentes.

Si Luno se sentaba era un vago, si estaba de pie estorbaba, si salía a jugar era un irresponsable… Luno no hacía nada bien. Los frecuentes maltratos abrían paso al odio y al miedo, Lucano empezó a refugiarse en la bebida y Luno, atrapado en el presente, maldecía el pasado por haberle arrancado la protección de su madre. Ni siquiera tenía fuerzas para mirar hacia el futuro.

Desde la muerte de Bimba la vida de Luno ya no volvería a ser la misma. Cada día, cuando volvía del colegio, su padre, normalmente ebrio, descargaba en él todo sus miedos en forma de insultos y malos tratos.

No es extraño, por tanto, que Luno fuera… «un cervatillo solitario que en el colegio destacaba por su escasa afición al estudio, que rara vez hacía los deberes y jamás había sido capaz de aprobar un examen».

Así es como este relato se convierte en un círculo cerrado que quizás nunca se rompa. Yo no puedo escribir un desenlace para este cuento porque, por desgracia, esta pequeña historia necesita de que todos y cada uno de nosotros aporte su parte del final.

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El galgo que no quería defraudar

Koco era un galgo fuerte, estilizado y de una gran belleza, desde pequeño mostraba un talento especial para la carrera. Cuando divisaba una liebre, por lejos que estuviera, se lanzaba en una veloz persecución sin tregua hasta que finalmente la atrapaba.

Todos los domingos participaba en las carreras que se organizaban en su aldea y siempre quedaba el primero. Su padre, orgulloso de la habilidad de Koco, presumía ante sus vecinos del talento de su hijo. –¡Es un gran corredor! ¡Tiene un talento especial para correr! ¡Es el mejor de la comarca con diferencia! –Argumentaba siempre su padre.

Koco oía esos comentarios y se sentía muy feliz al ver que su padre se mostrara tan orgulloso de él. De hecho, para no defraudarle, todos los días corría durante horas para estar perfectamente entrenado y garantizar su primer puesto en la siguiente carrera.

En las carreras Koco tenía muchos seguidores que apostaban por él. –¡Ánimo Koco! ¡Demuéstrales lo que tú vales! ¡Humilla a esos chuchos que tienes a tu lado! Eran las voces que se oían domingo tras domingo y Koco apretaba sus dientes y se concentraba para correr. Sólo pensaba en correr. Un domingo al levantarse se encontraba algo cansado, se le notaba en la cara. –¡Venga Koco espabila! ¿No me irás a fallar hoy? –Le decía su padre. –No papá, ¡tú estate tranquilo! Koco ganó de nuevo esa carrera, pero a diferencia de las anteriores, en esta tuvo miedo a perder. Sintió pánico pensando en la posibilidad de defraudar a su padre. Se notaba muy cansado.

A partir de esa carrera no le abandonó el cansancio, el agotamiento y el miedo a defraudar en la próxima carrera se convirtió en una especie de mantra que no abandonaba su cabeza. Jimy, el zorro, se percató de su estado de ánimo y se le acercó. – ¿Qué te ocurre Koco? – No sé qué me pasa Jimy, creo que estoy agotado. – ¿Agotado?. Creo que tengo un remedio para eso –dijo Jimy. – ¿De veras? ¿Cuál es ese remedio? – argulló Koco. – Verás, conozco un elixir que te hará mucho bien. – Respondió Jimy – ¿Elixir? ¿Eso no será malo? – Preguntó Koco – No, para nada, ¡tómalo! Si ves que no te sienta bien no vuelvas a tomarlo y punto. –respondió de inmediato Jimy. – Es cierto, ¡lo tomaré! Jimy le proporcionó una dosis y se la tomó.

En pocos minutos Koco comenzó a sentirse mejor. Ya no tenía miedo se sentía eufórico y tenía ganas de correr. Los síntomas de agotamiento habían desaparecido y en su camino de vuelta a casa divisó una liebre y corrió tras ella hasta cogerla, sus sensaciones eran magníficas.

Corrió a su casa y su padre, al verle tan animado, se acercó a él y le dijo: –¡Esa es la actitud hijo! ¡Continúa así y verás como consigues lo que te propongas! Koco se sentía feliz al ver cómo su padre volvía a mostrarse orgulloso y seguro de él.

Al siguiente domingo el joven galgo volvió a encontrarse cansado y, antes de ir a la carrera, se fue en busca de Jimy para que le proporcionara una nueva dosis de elixir. Al tomarla, volvió a recuperar su vitalidad. Ese domingo volvió a arrasar y los vítores de sus seguidores le sonaron a música celestial. Pronto se corrió la voz por toda la comarca sobre las excelentes marcas en carrera de Koco y fue invitado a participar en la competición entre aldeas.

El nivel de los competidores era muy superior al que había visto hasta ahora en su aldea, no en vano, tuvo que conformarse con un tercer puesto. Su padre le felicitó y le animó a que entrenara duro para mejorar. –¡Estoy seguro de que mejorarás y llegaras a ganar a todos estos chuchos! –Le decía.

Koco se tomó muy en serio sus entrenamientos, pero volvía a sentir cansancio y por mucho que entrenaba no conseguía superar sus propias marcas. La ansiedad volvía a instalarse en su cerebro, temía no estar a la altura y no deseaba defraudar a su padre ni al resto de seguidores de la aldea. Decidió entonces solicitar la ayuda a Jimy.

Cuando éste oyó sus argumentos le dijo que había un elixir un poco más fuerte que podría resolver su problema y Koco, sin pensárselo, le pidió una dosis. A los pocos minutos de tomarla, observó que volvía a sentirse eufórico, tenía ganas de correr. Hizo algunas pruebas y comprobó cómo sus marcas mejoraban. El padre, al ver los logros de su hijo, decidió apostar fuerte por él en la siguiente carrera. Cuando llegó el día, Koco se encontraba más agotado que nunca y corrió a Jimy para pedir su dosis de elixir.

Esta vez ganó la carrera y su padre ganó una gran cantidad de dinero en las apuestas. Sus amigos lo sacaron a hombros del canódromo y le animaban para competir a nivel nacional. Le auguraban un futuro exitoso en las carreras. Koco, aún joven, se contagió de la euforia y embriagado por el éxito se prometió a sí mismo entrenar duro y ganar en la competición nacional.

Los entrenamientos se hicieron más duros, no descansaba y su padre, que veía sus progresos, le animaba a seguir. – ¡Hijo, eres muy bueno en esto! ¡Conseguirás llegar a donde quieras! – Le decía una y otra vez.

Cuando se acercaba el día de la carrera el cansancio acumulado por tanto entrenamiento y poco descanso comenzaron a hacer mella en su cuerpo y no tuvo más remedio que acudir a su amigo Jimy para pedirle ayuda.

El zorro volvió a prepararle un remedio a la altura de la nueva competición y el efecto fue el esperado. Koco barrió a todos sus rivales y esto lo lanzó al éxito y le permitió probar fortuna en pruebas internacionales. En pocos meses, el nuevo elixir dejó de hacer efecto y Koco no pudo contrarrestar la bajada de su rendimiento.

El padre no entendía bien lo que estaba ocurriendo. La sucesión de carreras perdidas, una tras otra, empezaba a ser la tónica habitual y, finalmente, decidió llevar a su hijo a un médico. Tras una analítica general y un reconocimiento exhaustivo, el diagnóstico estaba claro, Koco estaba enfermo debido a la ingestión de sustancias nocivas para su salud.

Koco tuvo que dejar la competición y quedó marcado para siempre como un «tramposo». Todos sus éxitos le fueron borrados de su historial y los vecinos de su aldea nunca le perdonaron haberles defraudado y avergonzado. Por extraño que parezca, todos, incluso su padre, culparon al zorro Jimy de sus propias vergüenzas.

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